Don Camilo

Estatua de Cela en Padr¢n foto Luis Miguel Bugallo S†nchez

 

Camilo José María Manuel Juan Ramón Francisco Javier de Jerónimo José de Cela y Trulock –nada menos–, nuestro prolífico autor y persona singularmente notable, nació en 1916 en Iria Flavia, una parroquia del municipio coruñés de Padrón. Una conocida sentencia popular dice: “Los pimientos de Padrón uns pican e outros non”. Emulando las sabrosas hortalizas, don Camilo resultó ser de los picantes.

JOSÉ LUIS VALBUENA

Desde 1957, don Camilo fue académico de la Real Academia Española –sillón Q–. Allí consiguió que la palabra “coño” fuera aprobada apelando a la autoridad de Quevedo y, claro, ningún académico osó oponerse. En 1977 fue senador por designación real en las primeras Cortes democráticas, y participó en la redacción del texto de la Constitución. El rey Juan Carlos le otorgó en 1996 el marquesado de Iria Flavia, creado en su honor. Entre su historial de galardones pueden contarse el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1987, el Premio Nobel de Literatura en 1989, el Premio Planeta en 1994 y el Premio Cervantes en 1995.

Siendo interesante su biografía, es mucho más jugoso su comportamiento. Cela siempre se mantuvo independiente y a contrapelo de las tendencias imperantes; además, era descaradamente ágil para la imprecación y el exabrupto. Podría gustar o no, pero nunca dejaba indiferente.

Su secretario decía que era tímido. Cela pensaba de sí mismo que era un sentimental al que habían educado para no serlo, y que “hay que hacer las cosas que uno cree que debe hacer, y si a alguien no le gusta, pues mira…”.

Como singularidades poco conocidas podrían mencionarse que veía en el arte taurino un espejo de la vida española, fue incluso aprendiz de torero y le hubiera gustado ser un buen banderillero; por otra parte, era cinturón negro de judo, y la Asociación Nacional de Profesores-Entrenadores de Judo le nombró miembro de honor “por su gran dedicación y amor a este deporte”.

Sus incontables anécdotas son a cual más ingeniosa o sorprendente. Obviando la tan conocida de la pronta y genial respuesta que dio cuando en el Senado le llamaron la atención por estar dormido, o la de la “palangana”, es difícil hacer una buena selección.

Tenía vocación de gamberro desde su más tierna infancia. Afirmaba haber mordido a una monja en su primer día de clase en el colegio de Saint Joseph de Cluny: “Quizá tuviese cinco años, no lo sé, y me echaron porque mordí a la monja: ya ves, los niños pequeños muerden; a mí me apeteció morderla y la mordí, claro… Luego se escandalizaron y todo eso…”.

En una reunión de la alta sociedad, soportaba a su lado a una señora cursi y ramplona. Harto de tanta tontería, soltó una flatulencia propia de su abultado vientre. La señora quedó en silencio, petrificada. Cela le dijo en tono de complicidad susurrante: “No se preocupe, señora. Diremos que he sido yo”.

Tras serle concedido el premio Nobel de Literatura, un periodista le pregunto si le había sorprendido ganarlo. “Muchísimo”, respondió Cela, “sobre todo porque me esperaba el de Física”.

Una vez en la televisión gallega, un entrevistador poco avispado le preguntó: “Dígame, señor Cela ¿se considera usted un escritor gallego?”. “Hombre…”, respondió él, “soy escritor y soy gallego, por lo que debo de ser un escritor gallego, salvo que sea un maricón chino; usted verá…”.

En el aeropuerto, recién llegado de uno de sus viajes, una locutora le pidió: “Unas palabras, señor Cela, por favor, para nuestra emisora”. Y don Camilo, con su voz poderosa, soltó concisamente, una rápida y bien vocalizada sucesión ocho tacos escogidos, que el lector puede fácilmente imaginar.

Para terminar, el autor de estas líneas, espectador cotidiano de una tertulia televisiva de sobremesa en la que estaba Cela, quiere recordar cómo don Camilo, el día en que le concedieron el Nobel, llegó con toda naturalidad y se sentó a la mesa con sencillez. Fue realmente risible la procesión de “invitados” espontáneos que empezaron a acudir –la mayoría con su silla– para felicitarle (desesperadamente querrían salir en imagen con el Nobel).

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