Escribir fábulas es como hacer poesía

PRINCIPAL Guido Conti

Un texto de Guido Conti, uno de los escritores italianos más apreciados en el país transalpino, ganador en 1998 del prestigio Premio Chiara, que ahora publica en España un libro inspirador que promete ser un éxito: El vuelo feliz de la cigüeña Nilú (Ed. Maeva).

Escribo fábulas porque, como escritor, lo considero un punto de llegada después de más de treinta años dedicados al estudio y a la investigación de la narrativa, después de haber escrito unos veinte libros entre cuentos y novelas, ensayos y biografías. Sin embargo, pintar es una manera distinta de narrar. Para mí ahora pintar es una prolongación de la escritura.

He dibujado desde que era niño. Cuando tenía quince años pasé un verano entero con tres hermanos grabadores de Parma que tenían un taller de restauración, y allí aprendí las nociones básicas del dibujo, luego lo dejé para dedicarme completamente a la escritura pero nunca he olvidado esa antigua pasión y por eso siempre he estudiado arte por mi cuenta, como si fuera un amor secreto.

A lo largo de años de estudio he encontrado a muchos escritores que también pintaban, especialmente en mi tierra, Emilia, donde la niebla borra el mundo y por eso hay que reinventarlo. Por culpa de la niebla mi tierra es una tierra de visionarios que proyectan su imaginario en una tela blanca. Federico Fellini ha sido uno de los tantos narradores que nace como ilustrador y escritor y acaba, hacia el final de su vida, dibujando sus películas, como si las ilustraciones fueran los verdaderos guiones. Giovannino Guareschi, autor de Don Camillo, Peppone y el crucifijo que habla, es un humorista gráfico cuyas historias narradas e ilustradas son importantes testimonios de un siglo tragicómico; quiero recordar que su Favola di Natale (Fábula de Navidad) la escribió e ilustró en un campo de concentración.

También Cesare Zavattini, escritor y guionista de muchas obras maestras del cine que trabajó junto a grandes directores como De Sica, Visconti o Blasetti, comenzó su carrera en los años treinta como autor de cómics de ciencia ficción, y ya desde sus inicios de periodista y escritor utilizaba la pintura para desarrollar su imaginación.

Todos ellos son autores cuyas historias tienen origen en mi tierra y que, gracias a su genialidad, han dado la vuelta al mundo. Yo he intentado aprender de su ejemplo. En estos autores es difícil definir dónde está la línea de confín entre el pintor y el escritor y viceversa.

Y ¿cómo olvidar la lección de aquel pintor y narrador formidable que fue Saint-Exupéry con El Principito? En definitiva, para muchos escritores escribir y pintar son a menudo realidades indivisibles, representaciones distintas de una misma necesidad de contar historias. Yo he vuelto a dibujar cuando me ha surgido, durante la escritura, la necesidad de usar el lápiz como forma de potenciar lo que pienso y lo que narro. Escribo dibujando. Dibujo narrando.

La historia de Nilú nace de distintas exigencias literarias, de salir de las imposiciones de una narración verídica y, por otro lado, de la de dirigirse a un público mucho más amplio al que, solo se puede llegar aIlustraci¢n sin pie través de la fábula. La fábula no se queda en la superficie sino que penetra en la realidad, toca los ganglios nerviosos de lo que acontece. Tiene una función tradicionalmente educativa y a menudo es más subversiva que cualquier narración verídica.

La fábula se dirige sobre todo a la infancia, pero es también una lección para los padres que deben educar a sus hijos. No conozco a un autor más tremendo que Andersen, que incluía en sus historias un punto de amargor, el tema doloroso de sus cuentos que muchas veces viran a lo trágico. En la introducción a sus fábulas, los hermanos Grimm cuentan que no fueron escritas para niños, pero que estos se han adueñado de ellas.

Las ilustraciones de la cigüeña Nilú son una manera distinta de narrar. Cuando preparaba la edición junto a los editores de Rizzoli, pensamos en incluir dibujos que no fueran ilustrativos del texto. Mis ilustraciones no son la traducción visual del relato, como muchas veces pasa en los libros para niños y jóvenes, sino que son una pieza más de la historia. Es una filosofía completamente distinta a la tradicional. Por eso hemos intentado fundir escritura e imagen: en El vuelo feliz de la cigüeña Nilú, hemos trabajado sobre el espacio blanco, que es el color de la cigüeña, con por lo menos cuarenta dibujos que influenciaran al lector. No es una simple ilustración, sino una pieza añadida a la narración que encajara en el relato en una manera nueva y original apropiada a lectores de 9 a 99 años. Era la lección que había aprendido de los ilustradores satíricos donde título, bocadillo y texto conformaban una única escena. Por eso es un libro que no se dirige solo a un público de lectores jóvenes, porque las verdaderas fábulas se dirigen a todos, tal y como enseñan los hermanos Grimm. La elección gráfica y estilística del libro respondía así al objetivo por el cual había sido escrito: un ciclo de historias que se parecen a un libro de arte sin serlo del todo, una fábula que narra en dos maneras, entre palabra e imagen, sin reservar el dibujo solo a la infancia. Es por eso una operación mucho más difícil para quien escribe e ilustra. Una lección de esencialidad que, pese a usar dos lenguajes tan distintos, deja mucho espacio a la imaginación y a la fantasía del lector, buscando también en la ilustración, una expresión, una poesía que el relato necesita.

Así nace la historia de Nilú, entre cuento y dibujo, donde la ilustración tiene la vocación de ser otra forma de lenguaje y no solo una simple traducción del cuento. Allí reside la originalidad de las historias narradas con dos lenguajes distintos, donde el ilustrador no es alguien que interpreta el cuento con su creatividad, sino que es el mismo autor de la fábula, el mismo escritor que cuenta e ilustra la misma historia con dos lenguajes que se funden en uno solo.

La cigüeña Nilú lleva sus dones al lector, invita a la amistad, al viaje, a la solidaridad. Gracias a ella, formo parte de una tradición de grandes escritores de mi tierra, que han trabajado entre el cine, la ilustración y el humor gráfico. He atesorado su ejemplo y, en busca de una verdad, he intentado seguir el camino de los libros que alcanzan la poesía a través del dibujo y la palabra. Libros que parecen escritos para siempre, sin fecha de caducidad, como las fábulas de toda la vida.

 

LibroEl vuelo feliz de la cigüeña Nilú

Guido Conti – Ed. Maeva

192 págs

17,90€

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