Sin perdón

Fotos Ugidos y cuchillo apertura

Sin perdón

Algunos de los ajustes de cuentas más memorables

Gonzalo Ugidos recoge en Grandes venganzas de la historia (La Esfera de los Libros) diversos acontecimientos que han tenido como móvil y última protagonista a esta atávica pasión. REBECA GARCÍA

 

La de veces que habremos oído e incluso utilizado el clásico de Hamlet “Ser o no ser, ésa es la cuestión. ¿Qué es más elevado para el espíritu? ¿Sufrir los golpes y los dardos de la insultante fortuna o tomar armas contra un mar de calamidades, haciéndoles frente para acabar con ellos?”. Y es que aunque Séneca insistía en que, a menudo, era más conveniente disimular que vengarse, los hombres sentimos la necesidad de devolver el daño que nos han causado, como nos demuestra el viaje por el tiempo al que nos invita Gonzalo Ugidos en su último trabajo.

Los detonantes son de lo más variados: traiciones, guerras, celos, odios, cuernos,… pero sea cual sea el origen, la venganza es una pasión placentera. Es más, el goce de devolver mal por mal puede ser tan dulce e intenso como el amor, al menos así de contundente se muestra Gonzalo Ugidos, periodista y escritor a tiempo completo tal y como él se define.

La venganza no entiende de tiempos ni de condiciones. Si hacemos un repaso cronológico, nos queda bastante claro que su presencia es constante, innata al ser humano. Ahora bien, no todo es el ojo por ojo más sanguinario, también existen otros tipos de venganza mucho más sugerentes y livianos.

Como es natural, en un tema tan delicado como este entra en juego la moral de cada uno pero quizá, si somos críticos y sinceros con nosotros mismos, del mismo modo que públicamente podemos repudiar la venganza nos alegramos cuando un detective de serie negra “acaba con los malos para vengar a los buenos”.

Grandes venganzas de la historia es un ensayo, un recorrido histórico ilustrado que tiene mucho de literatura y, como tal, se plantea desde su inicio y hasta el final, con una curiosa historia que va hilando un capítulo tras otro. Es de agradecer el estilo narrativo del autor, que recuerda a ese buen profesor de historia que algún año nos tocó en el colegio y que hacía de su materia el mejor de los cuentos.

La obra empieza con el relato del momento en el que el autor con tan solo 18 años conoció a Leo Ancel, nombre ficticio de todo un personaje y a quien dedica su epílogo. Seguidamente, por recomendación del mismo Leo, arranca con la dolorosa venganza de Lucrecia que tras ser violada se clavó un puñal en su cuerpo en tiempos en los que el honor causaba más muertes que la peste.

Las hay para todos los gustos, sin ir más lejos la del noble don Carlo Gesualdo, que ocupa el segundo capítulo y que, tras conocer la infidelidad de su esposa, decide acabar de la manera más sangrienta con la vida de los amantes. Existe una versión más novelesca y otra oficial en la que él aparece como asesino vengador, pero fuera a través de sicarios o no, lo cierto es que esposa y amante encontraron la muerte en su lecho.

Otro asesinato atroz en pleno siglo de oro fue el del Conde de Villamediana, al que le salió especialmente cara su altanería. Los nombres de vengados y vengadores se suceden capítulo tras capítulo pero merece la pena detenernos en la historia de Sanzia Turre-Cremata, duquesa de Arcos de Sierra Leona, que vio cómo su marido acababa con la vida de su amor platónico, decapitándolo y sacándole el corazón para dárselo de comer a los perros. Los celos de su marido no habían nacido del amor sino del deshonor, así que ella embriagada de venganza decidió irse a París y acabar con su orgullo ejerciendo el más absoluto de los libertinajes tan solo por cinco francos a cambio de los servicios prestados.

Continúan los nombres y llegamos a Rafael Leónidas Trujillo, que lleva por subtítulo El chivo que olía a cabrón muerto (un cerdo y su San Martín), a quien muchos habrán visto retratado en la pluma de Vargas Llosa. Leónidas, que estableció una dictadura en la República Dominicana, amargando la vida de sus habitantes durante más de treinta años, acabó acribillado en su vehículo en un gesto de revancha. Luego su hijo ejercería de vil vengador.

Tampoco se olvida el autor de casos que permanecen frescos en nuestra memoria, como el corte ¿por lo sano? de Lorena Bobbitt al que por entonces era su marido, la venganza del músico Dave Carroll, al que destrozaron su guitarra en un avión y cuya compañía no hizo nada hasta que él convirtió en éxito una canción en la que contaba la historia, o el más que reciente libro de Valérie Trierweiler, en el cual realiza un retrato absolutamente demoledor del jefe del Estado francés, François Hollande, que la había engañado con la actriz Julie Gayet.

En la portada se menciona también al Conde de Monte Cristo, y es que Grandes venganzas de la historia nos cuenta cómo Dumas se servirá de la literatura para cobrarse algunas deudas del pasado; pero el último espacio se lo dedica de nuevo a Leo Ancel, el arranque, el cierre y posiblemente la razón de ser de este libro. Unas últimas líneas personales del autor que nos llevan a hacer una comparación con la historia que narró Clara Sánchez en Lo que esconde tu nombre, Premio Nadal 2010, una fantástica novela sobre la memoria y la redención de la culpa, que tienen mucho que ver con la venganza.

No sabemos si después de leer tanto acerca del tema le apetece “cubrir” algún agujero pasado. Por si acaso, antes de lanzarse recuerde, como hace Ugidos a través de Confucio, lo siguiente: antes de empezar un viaje de venganza, cave dos fosas.

 

venganzas.inddGrandes venganzas de la historia

Gonzalo Ugidos – Ed. La Esfera de los Libros

320 páginas

19,90 €.

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