El primer mestizo: Inca Garcilaso de la Vega

APERTURA Carlos Garc°a Santa Cecilia

El primer mestizo

Cuatrocientos años de la muerte del Inca Garcilaso de la Vega

El próximo 23 de abril se cumplen los cuatrocientos años del fallecimiento del Inca Garcilaso de la Vega en Córdoba, coincidiendo con la fecha de la muerte en Madrid de Miguel de Cervantes. Los aniversarios coinciden, y se unen a la efemérides de William Shakespeare, que dejó este mundo más o menos en los mismos días. Todo un festín conmemoracionista, con sus críticas y sus inevitables comparaciones, en el que el Inca queda relegado a un segundo plano.

CARLOS GARCÍA SANTA CECILIA

No le faltan méritos al Inca para estar en primera línea de nuestra cultura. Su obra singular nos abre las puertas de un mundo desconocido, que nos resultaría mucho más ajeno si no hubiera sido por su empeño de recuperar y reivindicar la memoria de los incas, a cuya aristocracia pertenecía. Es algo así como si un marciano se hubiera sentado a escribir, en un retirado pueblo andaluz, las costumbres y la historia de sus congéneres alienígenas. Probablemente en la Corte madrileña de la segunda mitad del siglo XVI, a la que hubo de enfrentarse, le vieran como un extraterrestre.

Nació y fue bautizado en Cuzco, en 1539, con el nombre de Gómez Suárez de Figueroa, y recibió una esmerada educación en el Colegio de los Indios Nobles del Cuzco, junto a otros mestizos como los hijos ilegítimos de Francisco y Gonzalo Pizarro. Su padre, Sebastián Garcilaso de la Vega, era un conquistador que había combatido a las órdenes de Hernán Cortés y de Pizarro y que contaba entre sus ancestros al Marqués de Santillana y al poeta toledano Garcilaso de la Vega. Su madre, la ñusta inca Chimpu Ocllo –cristianizada con el nombre de Isabel– era nieta del emperador Túpac Inca Yupanqui y prima carnal, por tanto, de Huáscar y Atahualpa, que se enfrentaron en una cruenta guerra en la que se impuso el segundo de los hermanos, a la postre el último de los emperadores incas.

Conquista de Cuzco

El padre del Inca falleció y dejó testado que su vástago viajara a España para completar sus estudios. Con poco más de veinte años, el joven se embarcó para no regresar jamás a su patria. Hombre apocado, discreto y tímido, siempre cuidadosamente atildado para mitigar su aspecto mestizo, emprendió un largo proceso para limpiar el nombre de su progenitor (y conseguir las mercedes correspondientesa sus servicios en el Perú), al que acusaron de traidor por haber ayudado al rebelde Gonzalo Pizarro durante la batalla de Huarina (1547). Los cronistas sostenían que le había proporcionado su propio caballo cuando Pizarro perdió el suyo para que huyera, y el Inca trataba de demostrar que lo hizo por humanidad e hidalguía, y que nunca formó parte del levantamiento. No consiguió sus pretensiones, después de un largo pleito, y sus parientes en la Corte fueron ignorándole. Se alistó entonces al ejército y combatió a las órdenes de Juan de Austria en la feroz represión de la revuelta de las Alpujarras de 1569, como dos años después y a las órdenes del mismo capitán, batalló Cervantes en Lepanto.

Para entonces el Inca había recibido una generosa herencia de su tío Alonso de Vargas y se retiró a la tranquila ciudad de Montilla, donde se consagró a la lectura y a las letras.Miguel de Cervantes visitó la ciudad cordobesa a finales de 1591recabando provisiones para la Armada Invencible, y aunque su encuentro con el Inca es posible y desde luego muy sugerente, no hay ninguna evidencia. Sí existe, sin embargo, constancia de sus negocios con el poeta y racionero de la catedral Luis de Góngora, sobrino de la viuda de Alonso de Vargas. Hay documentos que ambos firmaron ante un escribano de Córdoba con transacciones comerciales de la herencia de Vargas el 31 de diciembre de 1591, los mismos días en los que Cervantes andaba por allí.

La carrera literaria del Inca Garcilaso enseguida se orientó a la historia. Tuvo conocimiento, por la amistad que trabó con uno de los conquistadores, de la expedición de Hernando de Soto a la Florida (1539-1543) y abordó la redacción de aquella hazaña reuniendo documentos y testimonios, sin descartar elementos novelescos que le sirvieron de vehículo para su mayor logro: construir una cierta identidad mestiza. Antes culminó la traducción de los Dialoghi d’amore de un judío portugués expulsado en 1492, León Hebreo, y la publicó en Madrid en 1590 con el título La traducción del Indio de los tres Diálogos de Amor de León Hebreo, adoptando para siempre su nombre de Inca Garcilaso de la Vega. Fue el primer libro dado a las prensas por un americano, todo un bestseller de la época que le dio fama en los círculos literarios.

Pero la gran empresa literaria del Inca fue escribir una epopeya para reivindicar el extinto y colosal imperio incaico y las conquistas de los españoles. En la Primera parte de los Comentarios reales, que se publicó en Lisboa en 1609, traza una crónica sobre el gobierno, la lengua y la genealogía del antiguo imperio andino, la primera gran obra que describe y relaciona las costumbres, ritos y ceremonias de sus antepasados incas, para la que se basó en sus recuerdos y en los textos y documentos que fue capaz de encontrar.

Cat†logo de la exposici¢n sobre Garcilaso de la Biblioteca Nacional“Después de haber dado muchas trazas y tomado muchos caminos para dar cuenta del origen y principio de los Incas, reyes naturales que fueron del Perú, me pareció que la mejor traza y el camino más fácil y llano era contar lo que en mis niñeces oí muchas veces a mi madre y a sus hermanos y tíos y a otros sus mayores acerca de este origen y principio”, escribe en la Primera parte de los Comentarios reales. Garcilaso establece tres edades espirituales en la evolución del pueblo andino. La primera es de puro salvajismo, sin moral alguna y con prácticas como la sodomía, el incesto, el canibalismo y los sacrificios humanos. En la segunda, los incas instituyen una concepción más elevada y monoteísta de la existencia, y el autor niega prácticas nefandas. Ambas son superadas por la llegada de los conquistadores y con ellos del triunfo de la fe verdadera. Bien es cierto que Garcilaso se deja, al paso de su relato, la más extraordinaria recreación de la vida de los incas, sus antepasados, pero trata, en definitiva, no sólo de justificar la conquista sino de presentarla como un estadio moral superior.

La segunda parte, que se publicó póstumamente con el título Historia general del Perú (1616), se ocupa del descubrimiento, conquista y de las guerras civiles entre los españoles y el fin del linaje incaico. Si la primera parte, según declara el autor, la escribió para honrar la memoria de su madre india, la segunda tiene por objeto enaltecer el recuerdo de su padre conquistador, y para ello reconstruye y corrige la conquista. A través de la historia de sus ancestros, trazó la historia de su propia vida y nos legó una obra que inaugura, como ha señalado Mario Vargas Llosa, la “reivindicación del mestizaje”.

Más previsor que su coetáneo Miguel de Cervantes –cuyos huesos terminaron en un batiburrillo–, el Inca Garcilaso había comprado una capilla en la Mezquita-catedral, donde está enterrado (en el mismo templo que su pariente Luis de Góngora)con su escudo grabado en mármol y bronce y una inscripción que reza: “Varón insigne, digno de perpetua memoria. Ilustre en sangre. Perito en letras. Valiente en armas”. La capilla de las Benditas Ánimas del Purgatorio de la mezquita árabe cristianizada, erigida sobre una basílica visigótica, en la que yace un descendiente de los emperadores incas es, este sí, un verdadero Ministerio del Tiempo.

El Inca, Cervantes y Góngora: un encuentro en Córdoba

A finales de 1591, arribó a Montilla y a tierras cordobesas Miguel de Cervantes, recaudador de impuestos con destino a la Armada Invencible. Conocía y valoraba la traducción que había publicado el Inca Garcilaso de la Vega de los Diálogos de amor de León Hebreo en Madrid un año antes, y que utilizará en el Persiles y citará en el prólogo a la primera parte del Quijote.

Retrato de Garcilaso

Por esos días, el Inca Garcilaso estaba ocupado con la venta de su casa de Montilla para trasladarse a la capital cordobesa. El 31 de diciembre de 1591y ante el escribano Alonso Rodríguez de la Cruz, recibió en Córdoba la herencia de su tío Alonso de Vargas. En otro documento firmado el mismo día y ante el mismo escribano, compró al poeta Luis de Góngora la parte de la herencia que éste había recibido de la viuda de Vargas. El Inca y Góngora eran por tanto parientes, vecinos y sin duda se cruzaban a menudo por las calles cordobesas y a buen seguro en la catedral, de la que Góngora era clérigo racionero, y donde ambos están enterrados. Unos meses después, firmaron un nuevo documento por el que se finiquitaba una herenciaque todo indica que había suscitado alguna desavenencia,y el Inca quedó como propietario único de los bienes de su tío Alonso de Vargas. Ninguno habla del otro, sin embargo, en los testimonios que se han conservado.

No cabe duda de que los tres grandes autores de las letras hispanas se cruzaron a finales de 1591 en tierras cordobesas. Góngora tenía 30 años; Cervantes, 44, y el Inca 51. Más allá de las escrituras de las transacciones comerciales, solo la imaginación nos permite especular con un encuentro entre ellos, por ejemplo en una taberna y ante una jarra de vino, para recordar a su maestro común que acababa de fallecer, Ambrosio de Morales, el intelectual andaluz más eminente de aquel tiempo. Mucho más difícil es que se encontraran Cervantes y Shakespeare y al respecto han corrido ríos de tinta.

 

 

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