El editor ante el texto

pere sureda

 

El editor ante el texto

La definición instalada en la Industria editorial que señala que el editor –como genérico– es un señor o una señora que ha leído mucho, y que es un lector privilegiado que, entre todos los originales que recibe a diario, escoge los que luego serán publicados, ya me parece bien en términos generales. Pero me interesa más indagar en el porqué de la decisión.

Constato que en el momento en que vivimos, la saturación de las librerías, que trabajan en base a la oferta de los editores, es realmente pavorosa en número de títulos. En número de títulos. Posteriormente los libreros deben filtrar, escoger a su vez sobre el texto que ya ha escogido otro profesional, si lo exponen, en qué cantidad y dónde. Eso es casi tan importante como el trabajo o la vocación del editor. De muchos han de escoger los que crean que pueden exhibir y vender en su librería. Quiero dejar constancia de este hecho normal, porque podría parecer que todo lo que escogen los editores llega en igualdad de condiciones a los ojos del lector. No es así, ya lo sabemos. Una vez aclarado este tema preambular, me centraré en por qué escojo para publicar un libro y no otro.

Hay libros que son un amor a primera vista, cuando los empiezo ya sé casi con toda seguridad que me van a gustar. Y en este caso me equivoco poco. Los publico, si la competencia me lo permite, y ya he realizado el trabajo de un editor. Escoger un texto. Si se vende mejor o peor o nada, eso es harina de otro costal, costal muy interesante también pero que ahora no me atañe.

Hlibrosay libros que son un terror a primera vista, y los descarto con cierta rapidez. En estos dos casos, digamos que el esfuerzo es relativamente fácil. Pero el meollo de la cuestión es cuando me enfrento con una amplia mayoría de textos que ni me enamoran ni me disgustan. Los que están en medio del berenjenal de la edición. Los hay que me digo, déjalo reposar, ya lo volverás a coger en otro momento, si es que la competencia me lo permite. Los más complejos de escoger bajo mi punto de vista son los que me gusta la forma pero no tanto la trama. Los que tienen una trama fascinante pero adolecen de una forma literaria que me convenza lo suficiente.

Es en ese terreno donde yo percibo que debo dar lo mejor de mí mismo para ser justo conmigo mismo. Es decir para no traicionarme como lector que edita. Y es en ese momento cuando tomo la determinación de si “me pongo” o “lo dejo”. Si me pongo es para sentarme en soledad y con un lápiz “trabajar el texto”. Quiere esto decir intentar ponerme en mi piel y conseguir –pre- via autorización del autor, famoso o no, vendedor o no–, que el libro sea un libro que yo quiera leer. Es un trabajo, que bajo mi punto de vista no tiene precio, es arduo, jodido, te interrogas a ti mismo y te preguntas con qué derecho haces lo que haces.

La pregunta me la repito en cada uno de estos casos, pero la respuesta que me doy es siempre la misma. Ese es tu cometido, no es tan agradable como cuando encontraste este texto que te sedujo instantáneamente ni como cuando tuviste en frente un texto que no te gustaba. De eso trata el trabajo del editor. De conseguir que un autor le ofrezca a un lector lo mejor que puede dar de sí mismo. En esta fase, es muy confortable aunque comprometedor, contar con el autor como cómplice. Hacer que con tus comentarios él mismo reescriba, corte o alargue el texto y le de la forma que solo un artista le puede dar. Si lo logro, y lo logro pocas veces, siento una satisfacción que excede lo habitual. Se instala en mí como una música que voy tarareando en silencio y que me conforta ya para siempre.

Pere Sureda

Editor de Navona

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