Juego de Cronos

FOTO PARA ENCABEZAR

Del libro a la pantalla:

JUEGO DE CRONOS

Winter is coming: la sexta temporada de Juego de Tronos ha comenzado sin que George R. R. Martin haya entregado a la imprenta Vientos de invierno, el siguiente capítulo de la saga. Por vez primera, la serie ha alcanzado al libro y los acérrimos de Canción de hielo y fuego están desolados, sin brújula que les guíe, sin spoilers que hacer a los amigos ni poder decir aquello de “ya verás qué fuerte” o “ni te imaginas lo que va a pasar”. Nada está escrito. Todo puede pasar.

Doctor Franz de Copenhague

Hace pocas semanas que se estrenó en nuestras pantallas Hitchcock/Truffaut, la película con la que el crítico de cine Kent Jones ha hecho un homenaje al legendario libro de conversaciones entre los dos directores, que ha sido durante décadas la lectura de cabecera de todo cinéfilo que se precie (El cine según Hitchcock, Alianza). En el documental confiesan lo que les influyeron en su vocación esas míticas entrevistas, transcritas negro sobre blanco, de genios de la talla de Martin Scorsese, David Fincher, Wes Anderson, Richard Linklater, James Gray o Peter Bogdanovich.

Una de las mejores anécdotas relatadas en el volumen por el orondo cineasta era aquella de las dos cabras que se están merendando los rollos de una película basada en un best seller cuando una le pregunta a la otra:

“-¿Y a ti que te parece?

-Pues a mí me gustó más el libro”.

Y es que las peores pesadillas de los seguidores de la saga de Juego de Tronos (publicada en castellano por Gigamesh) se están haciendo realidad: de hecho, ya llevaban tiempo acusando al autor de procastinador y de tener muchas distracciones. La serie va a temporada por año y los fans llevan más de un lustro de espera desde que vio la luz la última entrega de los libros. En las redes no paran de difundirse teorías y especulaciones de lo más variadas sobre qué suerte les deparará a los personajes: se duda sobre la fortuna de Jon Nieve y se habla sobre el regreso de Bran Stark, o que habrá una batalla muy importante en el Norte, o que si morirá este o el de más allá. Aunque ya se están resolviendo algunos enigmas, aún hay muchas más preguntas sin resolver: se cuentan por millones los que durante varios años han discutido sobre cuándo aparecería Lady Stoneheart, cómo sería la venganza de los norteños o qué había pasado con los dragones o con las serpientes de arena…

PORTADAS CANCION DE HIELO Y FUEGO

Incluso ha habido unos matemáticos de la Universidad Macalester de Minnesota que –con la ayuda del big data y del cálculo estadístico– han intentado predecir el resultado de los enigmas que plantea la ficción de Martin. Es sabido que los nerds universitarios son los mayores fanáticos del serial (y ahí están los protagonistas de Big Bang Theory para demostrarlo), y también que por los pasillos de las facultades de ciencias circulan complejas fórmulas matemáticas que compiten con la belleza de E= mc2. Así, de acuerdo a la conocida teoría R + L = J, Ned Stark no es el padre de Jon Snow, ya que en realidad, según esta conjetura, Rhaegar Targaryen y Lyanna Stark son los verdaderos progenitores del Lord Comandante de la Guardia de la Noche.

Aquiles y la tortuga

Pero la temida paradoja temporal de que la serie televisiva alcance al libro no es sino una revisión del conocido problema de Aquiles y la tortuga, que tan bien explicó Jorge Luis Borges:

La biblioteca me facilita un par de versiones de la paradoja gloriosa. La primera es la del hispanísimo Diccionario hispano-americano, en su volumen vigésimo tercero, y se reduce a esta cautelosa noticia: el movimiento no existe: Aquiles no podría alcanzar a la perezosa tortuga. Declino esa reserva y busco la menos apurada exposición de G. H. Lewes, cuya Biographical History of Philosophy fue la primer lectura especulativa que yo abordé, no sé si vanidosa o curiosamente. Escribo de esta manera su exposición: Aquiles, símbolo de rapidez, tiene que alcanzar la tortuga, símbolo de morosidad. Aquiles corre diez veces más ligero que la tortuga y le da diez metros de ventaja. Aquiles corre esos diez metros, la tortuga corre uno; Aquiles corre ese metro, la tortuga corre un decímetro; Aquiles corre ese decímetro, la tortuga corre un centímetro; Aquiles corre ese centímetro, la tortuga un milímetro; Aquiles el milímetro, la tortuga un décimo de milímetro, y así infinitamente, de modo que Aquiles puede correr para siempre sin alcanzarla. Así la paradoja inmortal.

Paso a las llamadas refutaciones: no anteveo el parecer del lector, pero estoy sintiendo que la proyectada enmienda de Stuart Mill no es otra cosa que una exposición de la paradoja. Basta fijar la velocidad de Aquiles a un segundo por metro, para establecer el tiempo que necesita.

10 + 1 + 1/10 +1/100+1/1000+1/10.000 + …

IMAGEN 1El límite de la suma de esta infinita progresión geométrica es doce (más exactamente, once y un quinto; más exactamente, once con tres veinticincoavos), pero no es alcanzado nunca. Es decir, el trayecto del héroe será infinito y éste correrá para siempre, pero su derrotero se extenuará antes de doce metros, y su eternidad no verá la terminación de doce segundos. Esa disolución metódica, esa ilimitada caída en precipicios cada vez más minúsculos, no es realmente hostil al problema: es imaginárselo bien. No olvidemos tampoco de atestiguar que los corredores decrecen, no sólo por la disminución visual de la perspectiva, sino por la disminución admirable a que los obliga la ocupación de sitios microscópicos. Realicemos también que esos precipicios eslabonados corrompen el espacio y con mayor vértigo el tiempo vivo, en su doble desesperada persecución de la inmovilidad y del éxtasis.

Jorge Luis Borges, Discusión.

La paradoja de Cuéntame

Se dice que George R. R. Martin, que además de autor de los libros es productor ejecutivo de la serie, ha introducido tantas novedades en la trama que incluso ha llegado a sumir en el estupor a los guionistas de la HBO, que trabajan con él codo con codo. Pero desgraciadamente esta no es la primera vez que una singularidad temporal introduce graves perturbaciones entre la lógica traslación del papel a la pantalla o que quiere quebrar la delgada línea roja que distingue la ficción de la realidad. Miguel Noguera y Jonathan Millán ya advirtieron en su libro Hervir un oso (Editorial Belleza Infinita) del posible colapso al que abocaba la línea narrativa de la serie española Cuéntame, un desastre sideral sin paliativos que con el paso del tiempo no ha hecho sino agravarse, confirmando las peores sospechas de los autores:

La serie Cuéntame cómo pasó empezó a emitirse el 13 de Septiembre de 2001 y situaba a la familia Alcántara en la España del 6 de Abril de 1968. (En este capítulo, compraban su primer televisor y veían Eurovisión). Según los cálculos, en caso de que continuara emitiéndose, en 2029 la serie llegaría al año 2001, momento en que comenzó a emitirse Cuéntame (aunque este acontecimiento no fuera recogido por la serie misma, existiría virtualmente en su realidad).

Por otro lado, hay que considerar que siete años reales corresponden a nueve años en la serie, por lo que si seguimos avanzando, debido a este desfase con la realidad, en el año 2232 la serie también transcurriría en 2232. A partir de ese año, la serie adelantaría a la realidad y se situaría en un futuro progresivamente más alejado del momento de emisión.

Con el paso del tiempo, encontraríamos que la subserie Cuéntame, surgida dentro de la Cuéntame original, llegaría a su vez al año 2001, lo que daría lugar a un tercera serie Cuéntame, y así sucesivamente. Pero como el tiempo en Cuéntame avanza ligeramente más deprisa que la realidad que narra, las sucesivas subseries serán progresivamente más veloces que sus series modelo. Siguiendo esta progresión, la velocidad de las subseries iría en aumento hasta alcanzar la máxima velocidad posible: la velocidad de la luz”.

Igual que el recientemente desaparecido Umberto Eco analizó las consecuencias fatales que tendrían para todos nosotros los viajes en el tiempo de Marty McFly en Regreso al futuro, el caos avisado por todos estos autores produce un vértigo infinito que no parece que sus creadores hubieran previsto. Al final, lo único que provocan todas estas singularidades es desafiar nuestras bien asentadas ideas sobre el destino y el libre albedrío: ¿Por qué nos haces esto, George R. R. Martin?

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