Paloma Sánchez-Garnica

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Autora que vende y convence

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Paloma Sánchez-Garnica

Autora que vende y convence

, con una serie de televisión a punto de estrenarse y ahora ganadora del Premio Fernando Lara por Mi recuerdo es más fuerte que tu olvido (Planeta), Paloma Sánchez-Garnica es una mujer que va a su ritmo y consigue todo lo que se propone.

¿Quién es Carlota López Molina?

Carlota es una mujer que ya ha superado la barrera de los cincuenta años, sin hijos, viuda, independiente, magistrada, con una vida aparentemente perfecta; a los doce años le pregunta a su madre por qué siempre está tan triste, y entonces descubre que aquello que en su mente infantil había construido como una idílica familia en realidad era una gran mentira que la estigmatizó definitivamente, marcada por el hecho de ser hija ilegítima, una bastarda. Convertida en una víctima de inconfesables secretos familiares vive con el pesado lastre de querer ser una persona distinta a la que ha sido.

¿Por qué recibe una llamada de su medio hermana, con la que no mantiene contacto?

Porque su padre, viéndose al borde de la muerte, quiere verla para contarle la terrible verdad sobre la razón del pasado sombrío que los alejó. Necesita pedir perdón, pero sobre todo necesita ser perdonado para poder marcharse en paz.

Dobles familias, hipocresía social, “queridas”… ¿Sigue habiendo muchos casos en nuestra sociedad supuestamente avanzada y moderna?

Lamentablemente, la hipocresía social continúa existiendo aunque en otro sentido. Es algo inherente al ser humano que emana de la envidia, los prejuicios, la intolerancia y, en muchos aspectos, de un alto grado de ignorancia. En la actualidad, hay dobles familias formadas a partir de un divorcio o separación que rehacen su vida con otra persona y forman una familia distinta con hijos propios y en común, familias monoparentales, de parejas homosexuales, los que están casados o aquellos que no lo hacen y conviven juntos sin firmar papel alguno, y la sociedad lo ha ido asimilando sin mayores problemas.

En cuanto a las “queridas” tal y como se entendían hace medio siglo, si todavía hay, lo son en un ámbito muy reducido. Lo que sigue existiendo es infidelidad, del hombre y por supuesto también de la mujer, no sé si a partes iguales, tampoco importa demasiado, lo que sí es cierto es que, a pesar de todo, la infidelidad cometida por una mujer en la actualidad sigue viéndose más censurable, más tabú y más vergonzante para la infiel que la ejercida por un hombre, como consecuencia lógica del déficit de educación que arrastramos como sociedad en estos asuntos.

1 Un fotograma de La sonata del silencio, de TVEEn cuanto a los hijos tenidos fuera de cualquier vínculo matrimonial, en la actualidad, a nadie le escandaliza (diré mejor, casi nadie) que una mujer decida libremente tener y criar sola a su hijo, sin ni siquiera mantener una relación directa con un hombre, gracias a los avances médicos producidos en este campo en los últimos años. Sin embargo, muchos de los que se criaron en ese caldo de cultivo en el que ser hijo de madre soltera suponía un estigma en forma de incomprensible penitencia, incluso de lástima o de una malediciente complacencia, con unas leyes injustas y discriminatorias que solo le concedían el derecho, y muy restringido, a ser alimentado, es algo que, inevitablemente ha marcado a muchas generaciones que aún hoy arrastran esa sensación de sentirse injustamente diferentes que les inyectaron desde niños.

Antes había incluso leyes que penaban el amancebamiento y el adulterio, pero sobre todo castigaban a las mujeres. ¿Por qué era así?

El comportamiento sexual de las mujeres ha sido históricamente controlado y reprimido con cierta obsesión por el poder, no sólo religioso, también político y social. En la dictadura franquista, se restablecen aquellos delitos que podían atentar contra la honra y el honor del hombre (padre, hermano o marido). La mujer era considerada, no como un ciudadano, sino como parte del patrimonio del hombre.

Por lo tanto, a principios de los años cuarenta vuelven a ser delitos el adulterio y amancebamiento, de tal modo que si un hombre y una mujer convivían juntos sin estar casados podían ser denunciados y condenados a pena de cárcel. En el caso del adulterio, era delito, pero más para la mujer que para el hombre, porque cometía adulterio la mujer que yaciera con un hombre que no fuera su marido, mientras que el hombre cometía adulterio si yacía con una mujer casada, a sabiendas de que estaba casada (con declarar que no lo sabía era más que suficiente para salir airoso y triunfante, en el caso de que alguna “incauta” tuviera la “ocurrencia” de acusar a su marido de adúltero). El hombre podía denunciar a su esposa por adulterio incluso estando separados (el divorcio no existía). Esta situación se mantuvo legalmente hasta 1977, lo que supuso que haya calado muy hondo en la columna vertebral de la mentalidad de nuestra sociedad. La sexualidad de la mujer siempre ha estado condicionada a la maternidad, en el caso de las mujeres “decentes”, o bien a servir de desahogo a la sexualidad masculina, caso de las prostitutas, ya que en ellos se admitía como algo natural cualquier exceso.

¿Qué piensa sobre los malos tratos y la violencia doméstica –física o psicológica– que tantas veces, por desgracia, es noticia?

Antes de contestar me gustaría aclarar la diferencia entre violencia doméstica y los malos tratos contra la mujer, la llamada violencia de género. La primera se refiere a cualquier delito cometido dentro del ámbito doméstico y entre sus miembros con una relación de convivencia familiar (padres contra hijos, hijos contra padres, contra abuelos, mujer contra el marido, etc…). Estos están tipificados en el Código Penal como delito de violencia doméstica y tienen unas penas determinadas. Pero desde la llamada Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de género, aprobada en 2004, existe una especificidad cuando se refieren a hechos de violencia, física o psicológica, derivada de una relación sentimental entre un hombre (agresor) y una mujer (víctima); se trata de una relación análoga a la conyugal sin que sea imprescindible que haya habido convivencia, o incluso aunque haya concluido dicha relación en el momento de producirse la agresión. La particularidad de esta ley es que el agresor siempre es un hombre y la víctima una mujer.

Es evidente que algo hemos avanzado en este grave problema social, no sólo en el ámbito legal, sino por el hecho de que estemos hablando de esto. Creo que en ese sentido avanzamos en positivo, porque nadie duda de que en los últimos años se ha producido una evolución en la conciencia social que por fin rechaza de manera generalizada (siempre hay excepciones) la violencia contra las mujeres, al menos la que es más evidente. No cabe duda de que el problema continúa y que todavía queda mucho camino que recorrer, que hay demasiada sensación de “normalidad” en hechos reprobables que asumimos como parte del trato “normal” de un hombre hacia una mujer; sin embargo, el camino se hace andando, y no podemos olvidar que hasta el año 1989, una mujer seguía obligada por ley al “débito marital”, es decir, no podía denunciar a su marido por violación porque no era delito, ni tampoco por malos tratos a no ser que hubiera una agresión con daños evidentes, como cualquier otra; y que hasta la reforma de 1995 no se incluyó como tipo delictivo el maltrato psicológico.

Cada uno desde nuestra particular atalaya, tenemos la obligación de aportar nuestro granito de arena para comprender que la aplicación de la igualdad y la justicia en la sociedad es beneficioso para todos, sin excepción.

¿Se puede tener todo pero desear algo que anula al resto? ¿El cariño –o la falta del mismo– es más importante que todo lo demás?

A veces nos pasamos la vida anhelando lo que en otros creemos idílico sin darnos cuenta de que el idilio lo tenemos que vivir con lo que tenemos y con lo que somos. Si no llegamos a comprender esto, corremos el peligro de pasarnos la vida en un desasosiego constante.

Todos, hombres, mujeres, niños, ancianos, de cualquier raza o religión, de cualquier tiempo y cultura, como seres humanos necesitamos sentirnos queridos, necesitamos cariño. Es cierto que podemos vivir sin él, incluso podemos hacerlo rodeados de odio y maldad, pero nuestra vida nunca será igual, será una existencia con demasiadas carencias. No sé si será lo más importante, pero estoy convencida de que es fundamental para transitar con cierto sosiego por la vida.

¿Por qué el padre de Carlota se niega a darle su apellido?

No puede. Cree que de esa manera la protege de una verdad que no puede ser contada por ser demasiado dolorosa, y no quiere inferirle semejante daño. A Clemente Balmaseda se le plantea un terrible dilema, un conflicto de intereses igual de intensos y de importantes. Sabe que si le da lo que en justicia le pide su hija la expondrá a que sobre su conciencia caiga un lastre muy doloroso para ella; y a su vez es consciente de que si calla la perderá para siempre. Tiene que elegir, y lo hace, con todas las consecuencias. Cuando tenemos que elegir siempre renunciamos a algo.

¿Cómo es la familia con la que Carlota comparte padre?

Los Balmaseda se aglutinan en torno a un cúmulo de secretos, mentiras, frustraciones, resignaciones, y el más importante de todos y que a todos envenena, una infelicidad manifiesta e incluso acomodada. Todos se nutren de ese veneno que afecta a cada uno de manera distinta. La madre vive con el convencimiento de que no se puede tener todo en la vida, alejando de sí los problemas que la puedan salpicar; Carlos, el mayor de los hijos, vive en constante frustración porque siempre desea aquello que no tiene, y cuando lo alcanza deja de interesarle porque ya lo tiene, y eso le convierte en un ser resentido, prepotente, de mal carácter que amarga la vida de su propia familia, en especial la de su esposa Maribel; Enrique se aleja del núcleo familiar para intentar olvidar a su cuñada Maribel, de la que está enamorado desde siempre; y Julia vive acomodada en un matrimonio carente de amor y de ilusión envuelta en una vida anodina y sin interés que va minando su ánimo. El padre, Clemente, un triunfador en los negocios y en la vida social, sin embargo vive durante muchos años a caballo entre las dos familias, en una constante contradicción y con un conflicto de sentimientos que arrastrará toda su vida.

El problema es que los hijos, al conformar su propia familia, emulan irremediablemente los comportamientos de los padres, convencidos de que lo normal en un matrimonio es el desamor, la falta de pasión, de ilusión, de amor.

Mi recuerdo es más fuerte que tu olvido es una novela de sentimientos. ¿Qué es lo que más le interesa a la hora de crear una historia?

A través de la escritura trato de analizar la conducta humana en distintas circunstancias y diferentes ámbitos, para intentar comprender algo tan complicado como los sentimientos, sus conflictos, sus luchas internas, de tal modo que el lector, a lo largo de la lectura, pueda llegar a verse reflejado en un detalle, en una frase, en una actitud, y como me ocurre a mí como lectora, reconozca una inquietud propia, un miedo que ralentiza su vida, una carencia que hasta ese momento era incapaz de identificar, pero que estaba ahí, agazapado en la conciencia hasta que queda iluminado por el reflejo de la lectura.

Estoy convencida de que la lectura, y por ende la escritura, nos cambian la manera de pensar y de actuar. Uno no es el mismo después de haber leído una buena novela, algo en su mente ha cambiado. Estará mucho mejor preparado para afrontar su propia realidad. Yo intento leer buenas novelas para ello, y por supuesto, intento, ambiciono y trabajo para escribir buenas novelas.

¿Es más fuerte el amor o lo es el odio?

SAMSUNG CAMERA PICTURESQuiero pensar que siempre es más poderoso el amor, porque en cualquiera de sus formas hace crecer y enriquece el espíritu, pero la realidad es que los efectos del odio pueden llegar a ser devastadores, convertido en una máquina de esparcir infelicidad. No tiene por qué ser un odio visceral, violento, agresivo; ante este tipo, más evidente, cabe la posibilidad de defenderse porque se ve venir y se puede llegar a esquivarlo, rehuirlo, o incluso arrostrarlo. Es mucho más destructor el odio taimado, el que envenena poco a poco, en silencio, envuelto en una convivencia cotidiana, en una terrible apariencia de cordial normalidad. Este tipo de odio es el más demoledor, porque apenas te das cuenta de que está ahí, y te mina por dentro de manera imperceptible, como un cáncer silencioso que cuando da la cara ya está extendido por todo el cuerpo, y es imposible extirparlo y provoca la muerte. Y lo digo desde el punto de vista no solo del odiado, aquel que recibe el zarpazo del odio, sino también y sobre todo del que odia, del que irradia el odio. Ser el objeto del odio de alguien puede ser lacerante, pero lo es mucho más para el que odia.

A veces es muy difícil perdonar. ¿Por qué es tan importante hacerlo?

Porque cuando se tiene algo que perdonar es porque ha habido una afrenta que ha provocado dolor, moral o físico, puntual o a lo largo del tiempo, en el presente o sobre algo que sucedió en el pasado y que ya no se puede arreglar. La reacción inmediata es buscar un desahogo emocional de venganza, y si no se perdona, si se mantiene el resentimiento, el dolor de la afrenta seguirá presente como una herida abierta y supurando el pus del rencor, y es posible que llegue a ser mucho peor que la propia afrenta.

Perdonar no significa que haya que olvidar. Se puede perdonar sin hacerlo, o no. Perdonar es una actitud personal que no necesita más que la propia voluntad. El olvido es un proceso involuntario, se puede llegar a olvidar, pero a veces, aunque se intente, nuestra conciencia se resiste a olvidar como una forma de estar alerta, de evitar de nuevo algo parecido, y eso tampoco es malo, siempre y cuando se haya liberado, a través del perdón, del veneno del rencor. Es como tener una cicatriz, no duele, pero al verla es posible que regrese el recuerdo de lo que la causó, incluso de lo que dolió. Si no se perdona nunca se cerrará, nunca será una cicatriz.

¿Qué hace que a todos nos interesen tanto los secretos del pasado, la verdad oculta, descubrir las mentiras…?

La curiosidad, para bien y para mal, es una cualidad propia del ser humano, buscar respuestas a lo que le inquieta, incluso a sabiendas de que esa información puede provocar daño; a veces se prefiere mantenerse en esa grata ignorancia, o más que preferir, se teme saltar el muro y descubrir aquello que no es grato, que incomoda, que resulte un lastre para el futuro, porque lo que ya sabes no puedes arrojarlo al olvido definitivo, siempre estará ahí, en un hueco de nuestra conciencia, volviendo en cualquier momento para hacerse evidente. Por eso es necesario el perdón, porque si se perdona, este regreso de lo sabido no daña, no araña, y se puede arrojar a un nuevo olvido, a un vacío de sentimientos.

La verdad siempre es relativa, porque depende de muchas cosas. Lo que para uno es verdad absoluta no lo es para otro. Al igual que la mentira, la verdad se puede tergiversar, cambia su sentido con el paso del tiempo; una verdad puede serlo en un momento dado y deja de serlo con el tiempo; y lo mismo ocurre con una mentira, es posible que con el paso de los años, lo que fue una mentira deje de serlo porque carece ya de sentido, porque nada aporta ni para bien ni para mal, deja de ser…

¿Manda el destino, las circunstancias, o podemos dirigir nuestra vida?

No solo podemos sino que debemos dirigir nuestras vidas, aunque a veces los acontecimientos nos estallen horadando nuestro ánimo y nos hundan en un pozo sin fondo, aunque demos bandazos, quebremos el rumbo o nos despeñemos en un barranco. En estos casos, no queda otra que recomponernos, reinventarnos, escalar en el vacío de nuestra conciencia, aferrar bien el timón de nuestro destino y corregir la 

dirección para continuar nuestro camino, el nuestro, el elegido, con todas las consecuencias que tiene una elección, y lo que supone elegir, es decir, descartar, abandonar, renunciar otras posibles opciones, otros caminos, otras posibilidades. El fracaso es parte de la existencia, la frustración, la ansiedad de no alcanzar lo perseguido… Todo forma parte de nuestras vivencias, y son el andamiaje que sujeta lo que somos, en lo que nos convertimos y lo que perseguimos.

Usted es una novelista de gran éxito. ¿Qué ha significado para usted recibir el Premio Fernando Lara?

Además de un cúmulo de emociones extraordinarias e inolvidables, es evidente que un premio de estas características supone una proyección y un reconocimiento. Proyección porque me da la posibilidad de llegar donde antes me resultaba imposible, ser más visible, llegar a más lectores, además de ser una buena carta de presentación. Esto es importante, pero para mí lo es más el reconocimiento que comporta el premio, un reconocimiento a mi trabajo, a mi obra con mi sexta novela, y el convencimiento de que el esfuerzo, el trabajo paciente y constante, tienen su recompensa.

En breve se estrenará en TVE una serie basada en La sonata del silencio. ¿Puede adelantarnos algo sobre este proyecto?

Ya ha dejado de ser proyecto para convertirse en una realidad, ya que están todos los capítulos montados y preparados para la emisión. Aún no he visto el resultado completo, pero por lo que he podido atisbar se trata de un trabajo extraordinario de un equipo de profesionales excelente, que creo han conseguido hacer una muy buena serie. Han sabido mantener el alma de la historia, los personajes, las cosas que les suceden. En esto de las adaptaciones de libros a series, es necesario desvincular la lectura de lo que es la visualización en la pantalla; leer es un proceso personal, íntimo, subjetivo, con matices que no tienen que coincidir con los que percibe otro lector del mismo libro. La serie es una proyección de imágenes que te dan hechas, todo es menos subjetivo ya que se trata de percibir lo que el director ha querido proyectar, de la interpretación de los actores y actrices, de la fotografía, la luz, los guiones, el montaje, los decorados y la ambientación, la música. Todo en un compendio que se recoge en la pantalla y se proyectan al espectador que los recibe con solo mirar. Es distinto. Creo que se va a ver una muy buena serie que dejará al público muy satisfecho.

Javier Olivares ha revolucionado el modo de hacer series en España. ¿Qué opina sobre él?

Javier ha apostado fuerte con una ficción arriesgada y ha acertado de pleno. Me gusta mucho el trabajo que hace y para mí ha sido un lujo que contasen con él en la adaptación de La sonata del silencio. El Ministerio del Tiempo es una serie que se sale de todos los parámetros a los que estamos acostumbrados. Es muy gratificante saber que el espectador busca los personajes históricos presentados por la serie, suscita curiosidad por conocer los entresijos de hechos y personajes históricos que a veces nos suenan, pero de los que se sabe poco. El espectador ministérico recibe una información accesible para abrir la “puerta” a un mayor conocimiento, y eso siempre es bueno.

Cada vez es más habitual el puente tendido entre novela y televisión. ¿Cuáles son las claves?

2 Un fotograma de La sonata del silencio, de TVECreo que es muy importante para un autor y para el mundo del libro (tan denostado en los últimos tiempos) este tipo de adaptaciones en la televisión, primero porque dan valor al libro, promueven la lectura, y mucho más viniendo de la televisión pública, que ha de hacer un esfuerzo en ofrecer un servicio de divulgación didáctica de fomento de la lectura favoreciendo el acercamiento del espectador al mundo del libro.

En este país se han hecho grandes adaptaciones de novelas, como Los gozos y las sombras o La Regenta, o Fortunata y Jacinta, Cañas y barro y tantas otras.

Las claves están claras, las productoras vuelven a arriesgar porque hay buenos proyectos y grandes profesionales que están haciendo un gran trabajo. Y el espectador, que siempre es soberano, lo agradece sentándose delante del televisor para ver la serie. Todos ganamos en esto.

¿El recuerdo es siempre más fuerte que el olvido?

En las cosas del amor el recuerdo siempre es más fuerte que el olvido, porque recordar supone el empeño de retener en la conciencia al ser amado (ya sea un amor romántico o un amor filial).

El olvido, sin embargo, es un proceso que requiere la voluntad de desprenderse de algo que deja de tener interés o afecto. Si no se conserva, se olvida. Aunque sí es cierto que como Javier Marías apunta en alguna de sus obras, y más en estas cosas del querer, el olvido suele ser tuerto e inseguro porque en cualquier momento puede saltar a la memoria de nuevo y sobrevenir el temido o despreciado recuerdo.

Por eso, precisamente por eso, el recuerdo es más fuerte que el olvido. 

LibroMi recuerdo es más fuerte que tu olvido

Paloma Sánchez-Guernica – Ed. Planeta

480 págs

21,90€

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