De ferias y vanidades

Cartel FLM17 ¸Ena Cardenal de la Nuez

Decía Carlos Pujol que el viajero siempre ve lo que quiere ver, e igual ocurre con los lectores que visitan una feria del libro. Al final unos encuentran a Íker Jiménez y otros a Julio Llamazares, unos a Risto Mejide y otros a Soledad Puértolas, porque esa es la vida y, si el libro es uno de los productos más rotundamente humanos, también lo es su ecosistema de producción y venta.

RAFAEL RUIZ PLEGUEZUELOS

Sant Jordi 2017 pasó con sus rosas y sus libros, y dejó un buen recuerdo. No hay tradición más civilizada y dulce que la que cada año se celebra en Barcelona, por eso no me sorprende cuando un amigo barcelonés me cuenta que la posibilidad de que el libro y la rosa de Sant Jordi se conviertan en Patrimonio de la Unesco camina a buen ritmo. Nos informan de que las ventas han aumentado con respecto al año pasado, y eso está bien, aunque lo que menos interesa a un lector –a un lector de verdad, se entiende– es la guerra de cifras con la que cada año los diarios despachan el evento. Independientemente de que queramos creer a los números de unos o de otros, me alegra que gran parte de la atención del comprador de Sant Jordi la haya conquistado Fernando Aramburu, porque Patria es una buena novela, como fue un excelente libro Los peces de la amargura. No quiero contaminarme –ni hacer lo mismo con ustedes– con todo eso de cuánto se vendió en catalán o español, o si el bestseller pulverizó al escritor de oficio y arte. Lo que de verdad interesa es si ese lector verdadero supo pasear por Sant Jordi y encontró la lectura que ansiaba, y si el libro volvió a conquistar Barcelona, una ciudad que es prácticamente un género literario en sí misma y el único escenario urbano de nuestro Quijote.

En junio disfrutamos la Feria del Libro de Madrid, y lo primero que uno tiene que hacer es olvidar su cartel. Este año los responsables han elegido un póster más infantilizado que infantil, que desde luego no invita a la grandeza del encuentro, que es mucha, por más que siempre haya un intelectual de guardia que cuente aquello de que la feria ya no es lo que era. Por supuesto que es lo que era: en junio paseamos por el Retiro para sentir la sociedad del libro, cuando el resto del año estamos más en la soledad del libro. Lo que pasa es que olvidamos que el libro somos nosotros, con nuestros defectos y virtudes, y si a una parte de nosotros le gusta el libro no libro, o antilibro, pues se puede tener por seguro que estará en la feria, igual que si alguien desea mala televisión acabará por encontrarla. El ecosistema del libro es también una sociedad de la novedad, de la moda, y responde a nuestras necesidades, cualesquiera que sean. Pero yo siempre quiero olvidarme de las colas de los telegénicos y quedarme con la sinceridad de la venta del libro verdadero.

En eventos como este al final siempre hay dos ferias: la de los participantes del negocio (editores, autores, libreros) y la del lector. Las dos tienen tendencias peligrosas que se deben vigilar: la primera tiende a convertirse en una feria de las vanidades, y la segunda en una feria a secas. Los autores cumplen con la tradición de quejarse del trato de lectores y editoriales: que su libro no se vende porque no están en la pequeña pantalla, que el editor les debería cuidar más. Cuando se habla de esas cosas se piensa siempre en el deseo de venta de los autores verdaderamente literarios, que es algo legítimo, pero cuando paseo por una feria del libro yo siempre me pongo de parte de ese otro lado, el del lector, y particularmente de ese niño que cruza la feria con sus padres, encuentra su libro y acaba enamorándose para siempre de la literatura. No seré el primero que piense que el todo ordenado de una librería puede establecer una distancia que imponga demasiado respeto al que aún no está herido por la letra impresa, e igual ocurre con las bibliotecas. Por eso creo en la fórmula del paseo libresco. Una feria del libro es caminar por un parque en el que los libros te salen al paso como si fueran gorriones de papel que se detienen a tus pies para que les tomes. Sin ser la perfección, son la mejor forma de echar los libros a la calle y que tomen espacio de nuestras ciudades. Piensen en el alcance de otras posibilidades de promoción, tales como las presentaciones. A pesar de que en este momento viven una época dorada, pues no creo que nunca tantos autores hayan presentado tantos libros tantas veces, en la mayor parte de los casos no congregan más que a conocidos, colegas y algún que otro seguidor acérrimo del autor al que ya no hay que ganar para ninguna causa. Sé lo que están pensando: en las presentaciones también está esa persona que nadie conoce ni sabe de dónde ha salido que hace una pregunta extrañísima al final del coloquio. Pero esa no cuenta porque, por lo general, acaba marchándose de la librería sin comprar el libro. Creo firmemente que las ferias sirven para que el lector habitual descubra propuestas que nunca se habían cruzado en su camino, captar al lector díscolo que había abandonado el hábito y para que los jóvenes entren en esta bendita fiebre. Eso nos debe hacer olvidar las colas ofensivas de los seres televisivos, que firman doscientos ejemplares a la hora mientras los autores verdaderos tienen todo el tiempo del mundo para charlar con el autor que tienen al lado, que también es artista y tampoco tiene a nadie a quien firmar.

Un escritor de mucha más experiencia me recomendaba, y hablaba totalmente en serio, que cuando acudiese a una feria firmase los libros despacio, tomándome mi tiempo, para que se formara una cola delante de mi caseta que generase curiosidad por mi libro y mi firma. Entonces yo me acordé de Cela (se cuentan tantas cosas de Cela) y de aquella tarde en la que, harto de firmar ejemplares, decidió firmar sus libros con un nombre distinto. En la Feria de este año volverán a ocurrir las anécdotas librescas que son el imaginario común de la letra impresa: de nuevo alguien solicitará la firma de un autor que ya no vive (el año pasado un lector demandaba la firma de Kafka para su ejemplar), o se volverá a dar a firmar un libro al escritor equivocado.

Tenemos por tanto una cita hasta el 11 de junio en el Retiro, y estoy convencido de que la feria cumplirá con su cometido a pesar de que el libro más vendido acabe siendo las memorias de alguien que no tiene nada que contar, o que no debería contarnos lo que nos cuenta. Si conseguimos vencer a los achuchones del gentío, las llamadas de firmas de la megafonía y las colas de los telegénicos, y al final un niño encuentra su primer gran libro, un adulto que llevaba tiempo sin leer vuelve a casa con un libro que le convenza o un lector apasionado encuentra aquella edición de Luis Cernuda con la que soñaba, el evento habrá cumplido su cometido. Ahora que en la organización de la Feria del Libro parecen encontrarse faltos de ideas (al ver el cartel eso es lo que parece), podrían tomar como lema aquella viñeta genial del inolvidado Mingote. En ella aparece en primer plano uno de sus magníficos individuos caricaturizados que pasea por la Feria del Retiro con un cartel fijado al cuerpo. En él podemos leer: “Compre un libro. ¡Y luego, léalo!”.

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