Elogio de Iván Dmítrich

PRINCIPAL Anton Ch‚jov

La insensibilidad sobre el dolor ajeno a la que alude Iván Dmítrich cuando se refiere a policías, jueces y médicos es una dura incisión, cien años atrás, en el sensible tejido de la actual condición humana, algo así como el hondo sajazo de Lucio Fontana en el lienzo.

DANIEL MARÍA

Y ahí queda la fisura, expuesta a la eternidad, para darnos cuenta de que el ser humano se ha empeñado en destruir a sus semejantes en un insistente acto de dominio y de confabulación con el mal; de otro modo no es posible explicar el latido bélico de nuestros días, aunque la violencia ha avanzado de la mano del hombre desde que supimos golpear con los huesos. Recordemos el mítico prólogo de 2001: Odisea en el espacio (1968).

Hemos conformado en torno a la ciudad el espacio de la utopía moderna, ya quedan lejos los escenarios naturales donde fundar el principio de la armonía. Hoy es el artificio por antonomasia, la urbe, la gran plataforma que contiene el absurdo de la existencia. Este panorama atroz y desolador carece de todo aquello que es beneficioso para la colectividad: escuelas, un periódico local con una orientación honesta, un teatro, conferencias públicas, cohesión de los intelectuales. Esto es lo que denuncia el propio Chéjov desde La sala número seis (1892), una absoluta deficiencia de las relaciones humanas, el individualismo ególatra que deviene en ignorancia y violencia.

La sala n£mero 6

Para trazar su particular acusación, Chéjov toma como referencia a dos seres que a priori pertenecen a dos estatus distintos dentro de una misma localización: el doctor y el enfermo de un centro psiquiátrico. Encontramos aquí el luminoso detalle del escritor al considerar que los lectores asumirán como natural que el director habite el centro por cuestiones laborales, y desde una perspectiva lógica; mientras que el enfermo por cuestiones de salud y desde una perspectiva ilógica, disfuncional, ajena a la realidad. Y así es. El lector tiene preconcebida esta relación de superioridad e inferioridad, y desde dicha precondición comenzará a desmontar los arquetipos con los que nos enfrentamos al texto.

Este juego nos hace ver que hemos heredado dicha disposición del mundo y de quienes formamos parte de él, pues el modo lógico de pertenecer a la moral es hallarse en este centro de salud de manera justificada y no por prescripción médica. Este modelo es extrapolable a todos las relaciones en las que participamos y en las que aplicamos el molde, por lo que llegamos a la triste conclusión de que cada sociedad, en la cultura y civilización donde se encuentre, tiene asumido dicho dividendo: el negro y el blanco del que habla Dmítrich, sin prestar atención a los matices del gris.

El potente relato de Chéjov funciona como un espejo ante nuestro sumiso cumplimiento del sistema moral establecido; y el asombro comienza cuando el enfermo –supuesto “enfermo” diremos– revela una admirable inteligencia y consigue que el doctor –supuesto “doctor” diremos– se replantee su posición en el mundo, en la urbe y en el oficio de la medicina mental. Ante la visión del enfermo, el doctor no tiene más remedio que acudir a la casualidad y es cuando queda en evidencia la endeble firmeza del sistema al que contribuye de modo activo, pues él es parte responsable –al igual que los jueces con respecto a las prisiones– de que estos centros, por el hecho de existir, aglutinen entre sus muros a una selección de la sociedad.

El enfermo aboga por el hombre que piensa, aquel que espera lo bueno y lo malo de sí mismo y no de agentes externos como el coche y el despacho. Ciertamente, Chéjov se cubre de una espesa dosis de realidad para someter al lector a un juicio íntimo donde ha de enfrentarse al dictamen más severo y temible: el suyo propio.

Funeral de Anton Ch‚jov

Por otro lado, Chéjov se sirve del acervo literario, de su biblioteca personal, para apoyar las teorías que va exponiendo a medida que el diálogo avanza. Cabe añadir aquí lo relevante que se presenta la fuerza del diálogo como base sobre la que erigir la tolerancia y el entendimiento. Chéjov, decíamos, ilustra con referencias literarias los apuntes éticos y morales que extiende sobre el paisaje de la escritura. Así, Dostoievski y Hamlet se reparten la inmortalidad y la muerte. Curiosamente se trata de un autor y de un personaje, detalle que manifiesta el juego de máscaras al que estamos sometidos, pues Hamlet es aludido como el autor de su naturaleza literaria y Dostoievski como personaje dentro del relato de Chéjov.

La sensatez es el paso previo de la filosofía, podríamos concluir de las declaraciones de Dmítrich; y es gozoso y esperanzador comprobar que dicha sensatez perdura en el hombre. Nos mantiene la esperanza de que los libros de Dmítrich iluminen a los niños, que se llevaron los ejemplares del viejo trineo donde los depositó el ama. Quizás ellos logren separar el frío de la nieve, el dolor de la cordura.

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