A la luz de las antorchas

PRINCIPAL

Debatía hace poco con un amigo cuál es la principal cualidad de un historiador. Mi amigo, un tipo por lo general juicioso, afirmaba con absoluta convicción que un historiador debe aplicarse a encontrar datos o hechos desconocidos que informen mejor nuestra visión de la historia. Le contesté la labor principal del historiador no es solo, o no es tanto, ir hacia la historia, sino también acercarla a nosotros. Un historiador, sostuve, es ante todo un narrador, capaz de recrear con palabras una persona, un carácter o una época pasados.

JOAN ELOI ROCA

Mi amigo y yo nos separamos sin que ninguno hubiera convencido al otro y, de camino a casa, me puse a pensar en Séneca, quien, tras la experiencia de cruzar un largo túnel en la bahía de Nápoles, afirmó que “nada es más tenue que aquellas antorchas que no atraviesan la oscuridad, sino que nos permiten observarla”. Similar es la situación de la historia de la Antigüedad, que aparece ante nosotros alumbrada más bien por la voluble luz de algunas antorchas que por la clara y reveladora luz del día. Por ello, es una gran fortuna contar con un historiador capaz de empuñar esa antorcha con habilidad y ofrecernos un panorama lo más completo posible.

De toda la Antigüedad clásica, pocos períodos históricos han recibido más atención que el de la Antigua Roma, quizá porque Roma forma parte del ADN común de toda la civilización occidental, quizá porque sus lecciones nos parecen, una y otra vez, relevantes para nuestro presente o quizá, simplemente, porque las historias que nos ofrece nos siguen entusiasmando casi dos milenios después.

De los muchos siglos de pervivencia del Estado romano, pocos momentos resultan más apasionantes que la transición que convierte a la República en el Imperio. Se trata de una época poblada por figuras que se han convertido en mitos y que no son conocidas únicamente por los aficionados a la Historia, sino prácticamente por toda la humanidad, gracias a su aparición en incontables novelas, obras de teatro y películas. Julio César, Marco Antonio, Cleopatra, Bruto o Pompeyo, protagonistas del fin de la República, nos resultan tan familiares como los personajes de un moderno programa del corazón.

Se han llevado a cabo memorables recreaciones del ascenso y la caída de Julio César. Shakespeare, por ejemplo, parece mostrar una especial preocupación por este momento de la historia de Roma en que se produce la transición entre la democracia y el autoritarismo. En su obra Julio César, el auténtico protagonista es Bruto, desgarrado por dos lealtades enfrentadas, su devoción a César y su deseo de libertad; en Antonio y Cleopatra, vemos el juego entre la pasión y el poder político; y Coriolano nos muestra una figura tan autocrática y profundamente militarista que su representación fue prohibida en Francia en la década de 1930 y en Alemania tras la Segunda Guerra Mundial. Mucho más recientemente, en 1934, Robert Graves convirtió al emperador Claudio en un liberal rodeado de tiranos, lo que demuestra que, en ocasiones, nuestra interpretación de la historia dice más de nosotros mismos que del período al que nos referimos. Graves, por supuesto, vivía en una Gran Bretaña amenazada por las dictaduras que se hacían fuertes en Europa, y su obra es un reflejo de esta realidad.

Roma está presente en nuestro ADN, y, por ello, nos cuesta desprendernos de la óptica de nuestro presente cuando interpretamos el pasado. Tendemos a ver a los romanos a través del prisma de nuestras vidas, a destacar los elementos comunes entre nuestra realidad y la suya, y a ignorar o reducir la importancia de las diferencias. A ello se añade la inseguridad que producen en muchos autores las fuentes originales, a menudo tendenciosas.

Pocos historiadores saben atravesar esa bruma y recrear para nosotros la grandeza y la brutalidad de la antigua Roma. Para hacerlo, es necesario combinar el rigor de un investigador con el talento de un novelista. Y eso es, precisamente, lo que caracteriza a Tom Holland. Nacido en Wiltshire, en Inglaterra, Holland estudió en Cambridge, donde se graduó en Lengua inglesa y Latín. No contento con ello, aprendió griego clásico de forma autodidacta y tradujo a Heródoto, Homero y Tucídices. Inició su carrera de escritor con unas novelas ambientadas en el pasado que, a menudo, incluían un elemento sobrenatural, pero pronto decidió que la realidad tenía poco que envidiar a la ficción, y centró sus esfuerzos en la Historia. Su primera obra, Rubicón, que nos sumerge en los últimos momentos de la República romana, a mediados del siglo I a.C., ganó el premio Hesell-Tiltman y acaba de ser reeditada en España por Ático de los Libros.

SIN PIE 1

Una de las principales características de Holland es su capacidad para contemplar Roma como lo que fue y no dejarse engañar proyectando sobre ella nuestra concepción actual del mundo. Así pues, el panorama que dibuja Rubicón no es el de una Roma donde inocentes demócratas se enfrentan a los partidarios de la tiranía, sino el de un estado oligárquico en el que grandes familias compiten entre ellas de modo cruento por hacerse con el gobierno.

En palabras de Cicerón, “la libertad excesiva conduce pronto a la esclavitud”, y he aquí la tesis que sostiene Rubicón, que narra cronológicamente la crisis de la República con un auténtico nervio de novelista. En sus páginas, vemos el ascenso de César, uno de los muchos nobles que compiten por hacerse con el poder en la República romana. Holland nos presenta a César no como un noble romano más, sino como un animal de una nueva especie. Para comprender hasta qué punto era distinto, basta compararlo con su gran rival, Pompeyo Magno. Pompeyo ansiaba el poder, pero, como noble romano tradicional, actuaba dentro de las normas y los límites impuestos por la República. César está hecho de otra pasta. Es un superdepredador, un tipo nuevo de aristócrata ambicioso que no ansía simplemente poder, sino todo el poder, y que no se deja constreñir por las normas heredadas del pasado. Por eso, cruza el Rubicón y entra al mando de un ejército en Italia, a pesar de que, al hacerlo, violaba las leyes más sagradas de la República. Y por eso, finalmente, se impone.

El retrato de la Roma vibrante que presenta Rubicón se detiene tras el asesinato de César. Durante años, los aficionados a la Historia han esperado la continuación del relato de Holland, cuyos provocadores puntos de vista, presentes en sus textos, son en ocasiones polémicos y siempre interesantes. Este año estamos de enhorabuena, pues acaba de publicarse Dinastía, editado por Ático de los Libros en su colección Ático Historia. En este nuevo libro, Holland reemprende la historia de Roma desde el punto en que la dejó y nos habla de los inicios del Imperio, concretamente de los primeros cinco emperadores, que forman la célebre –o infame– dinastía Julio-Claudia.

Es difícil exagerar la importancia de estos cinco hombres en la historia de Occidente, o la influencia que han tenido en nuestra tradición cultural y literaria. Sus nombres son, todavía hoy, dos mil años después de su muerte, familiares para el ciudadano de a pie, y su historia, llena de excentricidades, asesinatos, locura y crueldad, pero también de majestuosidad y magnificencia, nos resulta tan conocida como la de una familia de monarcas contemporáneos. Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón forman parte de nuestro imaginario colectivo.

Tom Holland

Holland, sin embargo, no se deja influir por ideas contemporáneas al ofrecer su retrato de los cinco primeros emperadores de Roma. Los considera “los ejemplos primigenios de la tiranía en Occidente”. Su primer protagonista es Augusto, que utilizó el terrorismo desde muy joven para consolidar su poder y que siempre se mostró como un cobarde en el campo de batalla durante las guerras civiles que destruyeron la República. Holland demuestra cómo Augusto sienta las bases del Imperio, enmascaradas con astucia bajo una fachada de continuidad republicana. Una vez se encuentra seguro en el poder, él, que ha empleado el asesinato masivo para conseguir su fin, se da el lujo de presentarse como el benevolente padre de todos los romanos. Quizá nadie describió esta prodigiosa mutación mejor que Séneca, quien dijo sobre la pax romana lo siguiente: “Me resisto a calificar como bondad lo que, en realidad, no es sino el agotamiento de la crueldad”. No en vano, algunos otros autores, como Ronald Syme, han comparado la época de Augusto con la destrucción de Weimar llevada a cabo por Hitler.

Su sucesor, su hijo adoptivo, Tiberio, parecía el hombre adecuado para llevar las riendas del gobierno. Era un veterano general, valiente, severo y marcial, y despreciaba a los aduladores. Holland nos muestra cómo este hombre torturado, que siempre había despreciado a la plebe, acaba desdeñando también a la nobleza a la que él mismo pertenece. Es magistral el retrato que presenta a Tiberio como un auténtico creyente en las viejas virtudes republicanas que desespera al ver que los romanos de su tiempo no están a la altura de los viejos preceptos. Fruto de esa decepción es la reclusión de Tiberio en sus palacios de Capri, un auténtico paraíso de la fantasía y la lujuria donde el emperador sodomizará a los vástagos de esa clase patricia a la que tanto odia.

Acompañará al viejo emperador en esos banquetes y orgías el que sería su sucesor, Calígula, cuyo nombre significa “botita” –un apodo que le pusieron los legionarios cuando su padre lo vistió con un diminuto uniforme militar siendo todavía un niño–. Calígula, tras haber visto a Tiberio humillar a los más poderosos de Roma, no se llama a engaño. Él es el primero de los emperadores que no siente ninguna lealtad hacia los antiguos valores republicanos, y por eso se deleita provocando y torturando a la élite. Calígula es un bromista sádico. Y una de sus bromas, un insulto a la virilidad del comandante de los pretorianos, causará su muerte. Serán precisamente estos quienes nombrarán al siguiente emperador, Claudio.

Claudio, despreciado durante toda su vida por su propia familia por su tartamudeo y su cojera, se revelará como un político hábil y un emperador capaz, genuinamente preocupado por el bienestar de su pueblo. En una familia tan desmesurada como la de los Julio-Claudios, es notable que la mayor excentricidad que se le atribuye a Claudio sea que solo se acostaba con mujeres y que despreciaba la compañía de los hombres en su lecho.

Después de Claudio vendrá Nerón, el último de la dinastía Julio-Claudia y, quizá, el personaje más extremo de cuantos pueblan este apasionante relato de los inicios del Imperio romano. Nerón, nos cuenta Holland, se convirtió en emperador cuando todavía no había cumplido los diecisiete años. Según Trajano, los primeros cinco años de su reinado fueron los más prósperos del Imperio. Sin embargo, las cosas se torcerían. Enfrentado a su madre, que ansiaba una mayor influencia, optó por ordenar que la asesinaran, harto de aguantar sus intentos golpistas. No contento con ser un matricida, se divorció y ordenó matar a su primera mujer, Octavia, para casarse con su segunda esposa, Popea, a quien también mató de una patada tras regresar borracho una noche a casa. Ella estaba embarazada, y el bebé que llevaba en sus entrañas también murió. A pesar de ser el responsable, Nerón nunca superó la muerte de Popea, a quien, parece ser, amó realmente. Incapaz de olvidarla, hizo castrar a un joven llamado Esporo, que guardaba un enorme parecido con ella y, para horror de toda Roma, lo tomó como esposa. Toda esta serie de asesinatos, extraordinarios incluso en el seno de una familia tan sanguinaria como la Julio-Claudia, acabó haciendo mella en el pueblo romano. Por ello, cuando en el año 64 un incendio sin precedentes arrasó el centro de Roma, los enemigos de Nerón lo acusaron de haberlo provocado intencionadamente para poder edificar un nuevo palacio. Llegaron a decir incluso que el emperador se había puesto a tocar la lira mientras Roma ardía. Lo cierto, sin embargo, es que parece que Nerón contribuyó de forma muy activa a sofocar las llamas y ordenó que se creara un cortafuegos que fue clave para detener el incendio. No obstante, el mero hecho de que se formulara tal acusación, por mucha que fuera la influencia de la propaganda de posteriores emperadores que deseaban desprestigiar a la anterior dinastía para reforzar su legitimidad, es indicio más que suficiente de que Nerón estaba perdiendo el favor del pueblo.

Para colmo, el emperador emprendió una gira por Grecia para hacer gala de sus habilidades con la lira y como auriga. Participó en los cuatro principales Juegos Panhelénicos y ganó nada menos que mil ochocientas ocho medallas, aunque uno se pregunta si, al enfrentarse al emperador, tanto competidores como jurados no consideraban, por lo general, más prudente darle la victoria a Nerón que arriesgarse a irritarlo.

Con Nerón en Grecia, sus enemigos en la capital y en las provincias se alzaron contra él. Cuando regresó, era demasiado tarde. Antes de suicidarse pronunció sus célebres últimas palabras: “¡Qué gran artista pierde el mundo!”. Con su muerte, terminaba la primera y, quizá, la más grande dinastía de emperadores, y concluye también, por el momento, la apasionante narración que hace Holland de la historia de Roma. Esperamos que Holland continúe su historia de Roma con un tercer volumen, aunque, de momento, los lectores pueden disfrutar ya de los apasionantes relatos que encontramos en Rubicón y Dinastía.

Rubic¢n

“Rubicón”

Ático de los Libros

464 págs.

24,90 €

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“Dinastía”

Ático de los Libros

512 págs.

26,90 €

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