Lea Vélez

Lea V‚lez

¿QUIÉN LO HIZO?

Nuestra casa en el árbol (Destino) es una novela en la que Lea Vélez nos recuerda la importancia de seguir soñando, que la vida sólo merece la pena ser reída o que la vida está en la mirada… Un canto de amor a la infancia.

INGRID GONZÁLEZ

¿Es verdad que usted construyó una casa en un árbol?

Si, es cierto. Es una casa de tres metros cuadrados, sobre la encina del jardín. Creo que los niños lo aprenden todo por imitación y quise que mis hijos me vieran construir, que entendieran que una mujer sola puede hacer lo que se proponga. Por supuesto, la hice para ellos, pero no sólo para que jugarán en las alturas. Quería que entendieran el valor de hacer todos los días un poco de trabajo hasta llegar a un resultado espectacular.

¿Qué fue antes, la casa en el árbol o la novela?

La casa en el árbol. Construir en las alturas, cerca de la copa de la encina, me hizo entender la naturaleza de una forma muy distinta. También comprendí algo obvio: que aunque sepamos de sobra las teorías, no hay nada como la práctica. Todos sabemos que existe la fuerza de la gravedad, pero solo cuando estás ahí arriba, sobre una escalera, tratando de mover tu sola un tablón en las alturas, te das cuenta de lo que verdaderamente significa tener una base en la que apoyarte, usar el ingenio. La relación diaria con la fuerza de la gravedad, con la experiencia de las alturas, ha sido algo esencial a la hora de escribir este libro.

¿Qué representan la casa del árbol y el río en su novela?

El río es la vida, claro. Los protagonistas entran en barco por el estuario del río Hamble, que conocen como la palma de su mano, en dirección a la casa de su infancia, río arriba, y mientras llegan, recuerdan su infancia. Decimos que los ríos nacen. Decimos que los ríos mueren. ¿Pero cuándo y cómo viven los ríos, son felices los ríos? Yo creo que sí, que lo son y esta es la metáfora.

La casa en el árbol tiene una simbología compleja, pero una muy obvia es la educación. La casa hay que hacerla respetando el árbol y simboliza que la enseñanza estandarizada no puede primar por encima del individuo igual que una casa en un árbol no puede ser la excusa para cortar las ramas que nos estorban. Lo difícil de construir una casa en un árbol, es el árbol. Es que las ramas están por todas partes, pero a nadie en su sano juicio se le ocurre ponerse a cortar, a herir el árbol, para poner ahí una casa de unas dimensiones arbitrarias. La casa se construye a la medida del árbol. No a la medida del carpintero. Si respetamos los árboles, si esto no resulta obvio, ¿cómo es que no respetamos las ramas de los niños?

Ana, la protagonista del libro, ¿es su álter ego? Y los niños, ¿lo son de sus hijos? ¿Podría decirse que este libro es una auto-ficción?

No me gustan las etiquetas. Una novela, sea autobiográfica, semibiográfica, o nadabiográfica, es literatura. La verdad, lo que transmite el libro, el impacto emocional en el lector, es lo que cuenta para mí. Yo busco esos impactos desde mi interior. Escribiendo con la misma verdad lo que es real de lo que es imaginación, ensoñación o deseo. En esta novela hay elementos, muchos, de mi vida. Hay largas conversaciones que he tenido con mis hijos. Está el paisaje inglés que tan bien conozco y el bilingüismo y la naturaleza. ¿Describir lo que uno conoce no es ficción? Es como decir que la poesía es autobiografía. No sé, no se poner etiquetas. No podría haberla escrito sin lo que mis hijos me han enseñado, pero por otra parte, Machado no habría hablado de ese olmo sin la enfermedad de Leonor. Yo no tengo una casa junto al Hamble, no vivimos en Inglaterra, no tengo una hija llamada María y nuestra vecina, que yo sepa, no está tratando de asesinar a nadie. Creo que esta novela es, simplemente, literatura.

El narrador es uno de los hijos de Ana. ¿Por qué?

Cuando era muy joven, no comprendía el narrador omnisciente. Me irritaba. Me parecía una especie de tipo inalcanzable y soberbio, ajeno, artificioso. Por supuesto, es un narrador muy útil porque no necesitaría justificar como sabe todo, cada detalle, cada pensamiento y deseo que pasa por la cabeza de los personajes, pero es que resulta que yo, cuando escribo, mantengo una especie de relación personal con mis personajes y al narrador lo veo siempre como un personaje más. Para que exista narrador omnisciente y yo pueda creerme lo que dice, él debe saber más que yo, debe manipularme a mi. Otra cosa, es un artificio. Un subterfugio, un narrador omnisciente que no es omnisciente ni mucho menos, un farsante. Lo difícil, lo que me gusta, es contar una historia desde varios puntos de vista con un narrador en primera persona que se empeña en ir por lugares que solo él conoce, que tiene debilidades y miedos, que admira a sus personajes y por eso escoge contar su vida. Una especie de notario entusiasta, que cuenta todo lo que sabe de la forma más amena posible. Ahí hay un reto y me gustan los retos. También hay verdad.

Con su novela se aprende a conocer mejor el pensamiento de los niños. ¿Quién cree que debería leerlo?

Mi padre siempre decía que las grandes novelas son aquellas que valen para todas las edades. Creo que Nuestra casa en el árbol es un libro para adultos protagonizado por niños, también creo que Nuestra casa en el árbol es un libro para niños, para chavales, para jóvenes que aún no han terminado de salir de la infancia y que necesitan comprenderse, encontrarse. Verdaderamente lo pienso.

¿El 90 % en la vida es prosaico?

Quizá no. Quizá sea el cien por cien. Por eso debemos aprender a mirar, a ver la belleza en lo que aparentemente no tiene importancia, a aprovechar los tiempos de espera, porque ahí está la vida. El río es agua, solo agua, pero ahí, en el agua que pasa, está el reflejo de los arboles, está La Luz , está sumergida la historia, están el empuje y la fuerza, está lo que se fue y ya nunca volverá… o quizá sí, vuelve, de forma cíclica, como el agua. Lo prosaico es extraordinario si sabemos mirar.

Uno de los temas que trata es la muerte y la superación de la perdida, algo bastante delicados que a menudo no se sabe tratar, sobre todo con los niños. ¿Qué opina?

Creo que la pérdida es mucho más común de lo que creemos. De hecho, todos morimos, así que, en realidad, no hay nada más prosaico. Asumir la pérdida como algo natural, como parte de la vida, puede ser más sencillo de lo que parece. Con los niños, lo que no hay que hacer es diferencias. Lo que no hay que hacer es tener miedo de hablar de la muerte. Ellos la sienten igual que nosotros y necesitan expresar lo que sienten. Pero bueno, mejor leer el libro. Explicarlo así, en pocas palabras, es complicado.

Los niños protagonistas de la novela son superdotados, al igual que sus hijos. ¿Cree que el sistema educativo está preparado para este tipo de niños?

El sistema educativo es un carpintero de masas, que empeñado en instalar su estupenda casa prefabricada, necesita, por fuerza, cortar todas las ramas del árbol que no sean perfectamente paralelas o que estorben para sus fines. No creo que el sistema educativo esté preparado para respetar la individualidad de ningún niño. Hay leyes, hay teorías, pero la práctica es la cruda realidad: con más de veinte niños por clase, no hay excelencia. No hay posibilidad de explotar la realidad, la materia, el tesoro que yace en cada niño. Los niños de Altas Capacidades Intelectuales tienen el agravante de que desean aprender cosas espectaculares sobre ciencias, historia, literatura, con una pasión inusual. En el colegio no se enseñan cosas espectaculares y tampoco hay especialización, todo está diluido. Las cosas espectaculares se enseñan, con suerte, en la universidad. No existe, para estos niños, un sitio intermedio. No existe un lugar al que los niños de ACI puedan ir para desarrollar su talento específico por la física o la matemática o la literatura o el arte, como lo haría un tenista o un futbolista o un atleta que despunta, en un centro de alto rendimiento.

¿Por qué muchas veces se tacha de maleducados a los niños superdotados?

Porque no están motivados en el aula. Sienten que su inteligencia está infravalorada. Son pequeños y están frustrados. No hacen las tareas repetitivas porque en su interior, de forma inconsciente, saben que eso que tardan dos horas en hacer en clase, lo harán en casa en cinco minutos. Los profesores creen que no trabajan porque son vagos o tienen una mala actitud y se produce un círculo vicioso de falta de respeto mutuo.

¿Cree que la felicidad también se aprende?

Creo que se hereda. Creo que si uno vive la felicidad de manos de sus padres, en la infancia, aprende a reconocerla con los instintos y a saber cómo alcanzarla cuando escasea en los momentos duros de la vida. Creo incluso que existe felicidad en la desgracia porque la felicidad es una forma de mirar.

¿Quién enseña a quién, los padres a los hijos o los hijos a los padres?

En mi caso, lo tengo muy claro: mis hijos me han enseñado a ser generosa y mejor persona. Me han enseñado a ver a los demás. A incluir en mi mirada a toda la infancia y todos los puntos de vista, porque los niños tienen opiniones, derechos y puntos de vista y pueden hablar por sí mismos, solo que no los escuchamos y nos empeñamos en saber cómo son de oídas.

Después de leer Nuestra casa en el árbol, ¿cambiará nuestra perspectiva a la hora de comunicarnos con los más pequeños?

Yo creo que sí. Yo creo que mucha gente que asegura que no le gustan los niños, se sorprenderá pensando que estaba metida en una burbuja de prejuicios.

¿Se ha planteado escribir una novela a seis manos con sus hijos?

Ya la he escrito. La mitad de este libro son conversaciones que he tenido con ellos. Ocurrencias suyas. Observaciones filosóficas y científicas desde la falta de prejuicios.
Libro

“Nuestra casa en el árbol”

Destino

400 págs.

19,90 €

 

POST DESCATACADOS