Letras Catalanas

RICARD VELA pie de foto Ricard Vela, la mirada del editor experimentado

Més Llibres

Ricard Vela (L’Hospitalet de Llobregat, Barcelona, 1966) es editor hace un cuarto de siglo. Ahora, se pone al frente de una nueva editorial, Més Llibres, bajo el paraguas de Bromera. El nuevo sello se estrena, a finales de mayo, con la novela El venut, del norteamericano Paul Beatty, último premio Man Booker y primer autor de su país que recibe el galardón más importante de la lengua inglesa. Una sátira contra el racismo que, además, es todo un prodigio lingüístico y literario. “Un auténtico festival pirotécnico en que un negro de Los Angeles intenta reintroducir la segregación racial para mejorar su comunidad y, claro está, denunciar la falsedad de las igualdades meramente formales”, cuenta Vela. Y con el volumen Tafanejar, en que diecisiete reconocidos escritores de todo el mundo, entre ellos Jordi Puntí, nos cuentan su historia personal con las librerías de sus países, “unos espacios que debemos salvaguardar entre todos a toda costa”, añade el editor y también traductor.

CARLES MESA

¿Hacen falta más libros en catalán?

Claro que sí. ¿Alguien cree realmente que ofreciendo menos llegaremos a más gente? ¿Que manteniéndonos como estamos no nos quedaremos atrás? ¿Hacen falta más libros en cualquier lengua? Evidentemente. ¿Por qué el catalán ha de ser distinto de las

demás? Siempre, en todas partes, hace falta más variedad. Y en catalán, con una

demografía limitada y una producción inferior a la de otras lenguas más extendidas,

todavía más. En asuntos culturales siempre hay que ir buscando el límite, porque

mientras se encuentra hay algo que crece en alguna parte.

Algunos creen que se publica demasiado y que el mercado está saturado.

Es posible, pero ni los libros son sólo mercado ni podemos dejar de publicar lo que nos

parece superfluo. La lectura y la literatura son cultura. Y la cultura es un derecho, no sólo un nicho económico. Deberíamos preocuparnos más de generar o incentivar públicos y menos del mercado, porque el mercado llega por sí solo y es siempre una consecuencia de lo anterior. Y la mayoría de editores no sólo montan un negocio como lo montarían de neumáticos. Si sólo fuera por el margen de beneficio, apenas habría editores y libreros. En el fondo, hasta al editor más comercial le gusta pensar que ejerce una función social. Y eso es difícil que se pierda.

¿Todavía hoy algunos títulos solo los encontramos en castellano?

¿Algunos? En referencia a las traducciones son la inmensa mayoría, sólo hay que fijarse en las cifras de títulos editados en cada lengua. Y en el caso del español, añádale todos

los editados en América Latina. Esto va a continuar siendo así durante mucho tiempo, para siempre, supongo. Si el catalán lindara con el danés y el noruego, pues seguramente estaría todo bastante equilibrado, pero tendríamos acceso a muchos menos libros. El lector catalán puede leer en su lengua, en español, en el vecino francés, quizá en alguna otra lengua románica y cada vez más en inglés. Además, hoy tenemos acceso a casi todos los libros del mundo por internet, y muchos de ellos de manera inmediata. Leer en tu propia lengua, no obstante, es importante para aprovechar la lectura al cien por cien y fundamental para mejorar tus propias competencias, lo que redundará en que luego puedas crear algo de calidad y no meramente funcional, que es lo que suele suceder cuando se desatienden las propias habilidades lingüísticas o se trabaja con una lengua prestada.

Por cierto, algunos creen que con la traducción se pierde la esencia de lo

que quiso contar el autor… ¿Está de acuerdo?

No necesariamente. Eso se puede mantener casi siempre, a veces no siendo demasiado literal, para salvar distancias temporales y geográficas. E incluso, para idiomas no

demasiado lejanos, el estilo y las características lingüísticas. Lo que se suele perder más fácilmente, a veces irremisiblemente, no es lo que quiso contar el autor, sino lo que

contaba casi sin quererlo, de manera consustancial al texto, por el hecho de usar una

lengua determinada (con connotaciones que no tienen equivalentes), escribir desde un lugar determinado y con un marco de referencias concreto. De las tres patas del

significado, esa, la cultural, evocativa y contextual, es siempre la más escurridiza e

insalvable. Pero también, claro, la que nos permite conocer un poco más el mundo que está más allá de nosotros mismos y la que le da una buena parte de su sentido a la

traducción.

Leemos poco. Un 30 % de la población no ha abierto un libro en el último año… Es muy preocupante.

Las últimas estadísticas dicen que la media de lectura de los catalanes crece lentamente cada año y que ya está muy cerca de la media europea. Y las bibliotecas públicas están

llenas. Ese es el vaso medio lleno, aunque otra cuestión es qué se considera “lectura” en las estadísticas y la calidad de ella. Y, por otro lado, desde hace unos años se lee sin

parar, aunque sea en las pantallas de los ordenadores o de los móviles. Leer es más útil que hace veinte años y apenas quedan analfabetos funcionales. Lo que falta es prestigio y que la sensibilidad y el conocimiento (frente a la lectura fácilmente digerible) sirvan realmente para formarse mejor y progresar en la vida. Sin lectura, sin cultura en general, no puede haber pensamiento ni I+D+I ni sectores económicos de valor añadido. El único camino, a medio plazo, es educación y bibliotecas y bibliotecarios en las escuelas.

Y menos campañas inútiles y surrealistas.

¿En qué se van a diferenciar, de otras editoriales, los libros que publiquen en Més Llibres?

Nuestro propósito es ampliar el campo de batalla de lo que se publica en catalán. Ofrecer mayor diversidad, fijarnos en autores, lenguas, temas y países que están

infrarrepresentados. Frente a un cierto tipo de edición, que prioriza repetir y explotar los

parámetros que funcionan comercialmente y que acaba siendo algo clónica, un buen

número de editores pequeños y medianos intentan ir más allá. Més Llibres, desde su

modestia, aspira a contribuir con algunos ingredientes a un menú literario cada vez más amplio y más variado. Queremos pensar que haremos libros que no suelen hacerse en catalán y que se lo merecen, tanto traduciendo de culturas lejanas, recuperando voces originales en catalán injustamente olvidadas o fijándonos en géneros narrativos fronterizos.

¿Qué lee un editor como usted?

Sobre todo lo que tiene que leer (y lo que busca) para descubrir qué es lo que debería publicar. Y eso es mucho, muchísimo, cualquier editor lo sabe. Luego hay que seguir

leyéndolo para editarlo, traducirlo, corregirlo, promocionarlo, etc. Después está la prensa, internet, los informes, los catálogos, los correos electrónicos, las cartas y cualquier otra fuente de información. Casi al final, algo de lo que hay que conocer entre lo que se publica, incluso de la competencia. Y, si queda tiempo, alguna vez los autores, temas y géneros favoritos de cada cual. ¿Algunos de los míos? Coetzee, la filosofía y la literatura oriental o la narrativa fantástica. O bien Joan Perucho, los bestiarios y las novelas utópicas/distópicas.

Después de más de dos décadas vinculado a la edición, ¿qué retrato podemos

hacer del momento que está viviendo la lengua catalana?

Resistiendo, como siempre, con altibajos y nuevos retos, pero resistiendo y bien presente. Hay que tener en cuenta que la Historia, en general, funciona por multitud de fuerzas dispares, contrapuestas y tangenciales cuya resultante nadie es capaz de calcular. Y que la perspectiva histórica es imprescindible para llegar a emitir cualquier juicio. Que el muro de Berlín iba a caer lo sabía cualquiera, pero que fuera ese día o veinte años más tarde era una incógnita. A una lengua le influyen muchas cosas, pero modernamente hay dos parámetros básicos: el prestigio social y el poder político. Con el poder político, el gaélico irlandés parece que no sólo no recuperó terreno frente al inglés sino que incluso perdió un poco más. En cambio, el hebreo ha florecido en medio siglo de manera que parecía imposible. Y en cuanto al prestigio, algo parecido, ya nos iría bien un premio Nobel o cualquier otro reconocimiento exterior que luego, como un bumerán, incide enormemente en el interior. Pero con la cultura sucede lo mismo. Los índices de consumo de libros en japonés son proporcionalmente muy superiores a los nuestros, en un país donde no se puede decir que no tengan pantallas modernas ni conexión 5G por la calle. Su producción editorial es enorme y hay librerías por todas partes. E incluso tiendas de discos.

¿Tenemos que sorprendernos de que los japoneses sean unos grandes creativos y

exportadores de tendencias?

Claro que no. ¡Más libros en catalán, por favor!

SIN PIE, USAR COMO ILUSTRACIàN

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