¿Oiga, es la guerra?

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CÓMO ORGANIZAR UN FESTIVAL LITERARIO Y SOBREVIVIR EN EL INTENTO

Texto JORDI LLOBREGAT Fotos JOSELE BORT y SANTIAGO CARRIÓN

Madrugada. Suena el despertador. Me doy la vuelta y emito un gruñido que se asemeja al de un animal moribundo. El colchón desaparece debajo de mi cuerpo y caigo al suelo. Ay. Los ojos se niegan a abrirse y cuando lo hacen, apenas vislumbro la imagen desenfocada de mis zapatillas a cuadros. No hay forma de encontrar las gafas, por lo que ando a gatas, tanteando con las manos por delante. Doy tumbos por el pasillo hasta que, encuentro la ducha. Doy gracias al cielo. Con la máxima temperatura posible, a riesgo de convertirme en una gamba cocida, dejo que el agua caiga sobre mí. Los dolores de cuello y espalda remiten. La falta de sueño se pospone por unas horas. Poco a poco, empiezo a ser yo mismo. Apoyo la cabeza contra la pared y suspiro. Estoy tan exhausto que me cuesta disfrutar de la euforia que debería sentir: hoy (por fin) es el último día de Valencia Negra.

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Oficialmente, y como su propio nombre parece indicar, se trata de un festival dedicado al género negro. Sin embargo, esa afirmación es equívoca. En realidad, se trata de un pretexto para festejar la literatura con mayúsculas, sea esta negra, verde o fucsia. Nos interesan las historias, las buenas historias, los grandes narradores y, sobre todo, lo que más nos interesa es conseguir que la gente lea. Ese es nuestro principal objetivo. Si nos atenemos a los índices de lectura está claro que tenemos trabajo por delante.

Diez días, ciento tres actividades programadas, alrededor de cincuenta autores de todo el país y fuera de él, más un centenar de artistas de otras disciplinas. Porque en Valencia Negra hay también espacio para el cine, la música, el teatro, el cómic, la fotografía, los videojuegos, la gastronomía…, o lo que es lo mismo, acogemos todas aquellas expresiones artísticas que puedan tener como base un libro. Resultado: más de nueve mil asistentes, incontables libros vendidos y muchas, muchas sonrisas.

Pero todo tiene un principio. En este caso, no hay que irse muy lejos, solo hay que volver la cabeza cinco años atrás.

Se podría pensar que la concepción de un evento de estas características exige que los astros se alineen en el firmamento, que se pronuncien discursos solemnes mientras luces celestiales atraviesan las nubes y el aire nos trae el redoble de tambores y el eco de las fanfarrias. Quizás debería ser un acontecimiento que quedara grabado para siempre en la memoria. Un ejemplo para las generaciones venideras.

Nada de eso.

7VCIA NEGRA -98VCIA NEGRA -152Valencia Negra nació un martes de octubre (¿o fue noviembre?) en la terraza de un bar del que apenas guardo memoria. Rodeando una mesa tan desbordada de cervezas que no cabía ni el ticket de la cuenta de costado, conversábamos varios amigos. En ese momento, todos compartíamos el mismo sueño: convertirnos en escritores. Nuestra conversación, a veces incongruente, no hay que negarlo, versaba sobre los libros y los autores que admiramos y, sin saber cómo, acabamos reflexionando sobre la comatosa situación de la cultura en nuestra ciudad, sobre todo aquella relacionada con los libros. De pronto, nos quedamos callados. Un silencio incómodo cayó sobre la mesa ante el peso de la triste realidad. Entonces, alguien preguntó en voz alta: ¿y por qué no hacemos algo?

Así es como empiezan las grandes cosas en la vida real. Con la pregunta más simple. De la manera más tonta.

Empezamos con un crowdfunding que acabamos cubriendo con nuestro propio dinero y la ayuda de generosos amigos y resignados familiares. Lo del color no ayudaba mucho a la hora de difundir el proyecto. Era una época terrible de la crisis (coincidimos con el peor trimestre en cifras de desempleo de la historia del país), se destapaban casos de corrupción y afloraba dinero “negro”. No obstante, contra pronóstico y para nuestra propia sorpresa, conseguimos seguir adelante.

Lo que desconocíamos, en ese momento (bendita ignorancia), eran los sacrificios necesarios para organizar algo así. El trabajo de diseñar y cerrar el programa nos lleva unos cuatro o cinco meses. Mientras dura Valencia Negra nos pasamos días sin ver ni un minuto a nuestra familia. En ese tiempo, apenas dormimos unas pocas horas, las cuales pueden llegar a ser un infierno, pues, en mi caso, solo sirven para tener pesadillas relacionadas con el festival. De modo que he llegado a pasarme la noche persiguiendo en sueños a autores extraviados por toda la ciudad o apareciendo en pijama en medio del escenario junto a nuestra estrella de mayor relumbrón. Por no hablar de los disgustos que soportamos (en esta ocasión despiertos) a causa de los vaivenes de un presupuesto siempre esquivo. Más dura es la mina, sin ninguna duda, pero debo nombrar un pequeño detalle añadido: No cobramos.

En realidad, un festival es como una cena con la que pretendemos agasajar a nuestros mejores amigos. Les ofrecemos una mesa dispuesta con todo detalle, degustan nuestros platos cocinados con gran mimo, se divierten con nuestra charla. Nosotros sonreímos y disimulamos el aire cansado, hasta que los despedimos felices de su felicidad. Eso sí, bajo ningún concepto les dejamos entrar en nuestra cocina. La preparación de esa cena inigualable conlleva una columna de ollas, paellas y platos sucios en el fregadero, azulejos chorreando aceite, paredes quemadas, restos de comida desechada, olores a fritanga, humos, basura y más basura. Por fortuna, nadie entra en la cocina del festival.

Poco a poco, Valencia Negra ha ido creciendo hasta esta quinta edición. El crowdfunding quedó en el recuerdo y contamos, este año por primera vez, con un patrocinador privado de relevancia. Hemos firmado un acuerdo internacional con varios festivales europeos. De las quince personas de media que el primer año vinieron a ver qué era aquello tan raro, hemos pasado a llenar salas de más de trescientas personas. Autores de talla mundial como Yasmina Khadra, Ian Manook, Sandrone Dazieri, Petros Markaris, Pierre Lemaitre, Philip Kerr, Jöel Dicker, Bernard Minier o Antonio Manzini…, prácticamente todos los grandes escritores nacionales y los más importantes autores locales han podido compartir sus obras y talento con los lectores valencianos.

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Las anécdotas se acumulan por decenas pero, de todas ellas, las que más apreciamos son las que tienen que ver con las personas anónimas que nos confiesan que han leído durante el año los libros de tal o cual autor después de descubrirlo el año anterior en el festival.

Vivimos una época dorada de festivales dedicados al género negro en España. Cada año, se celebran alrededor de una treintena de eventos de este tipo por todo el país: Gijón, Barcelona, Getafe, Cuenca, Pamplona, Salamanca, Granada… Aunque defendemos modelos y objetivos distintos, todos compartimos la necesidad de abrir una ventana que permita entrar aire renovado en el ecosistema literario de nuestras ciudades.

Quizás alguien, a pesar de todo lo dicho, todavía se pregunte para qué sirve un festival de este tipo. En Valencia Negra creemos que la sociedad actual sufre una tendencia al aborregamiento. Al parecer, cuanto más integrados estemos en una masa acrítica que no moleste mucho, mejor para todos. Sin embargo, leer nos devuelve la individualidad, nos hace mejores, con mayor criterio… En definitiva, más libres. Por lo que, en realidad, el festival es un proyecto de resistencia. Un conflicto cruento contra la ignorancia y la estandarización. Una contienda donde cada lector conseguido nos ofrece la esperanza de una sociedad mejor.

En una ocasión, una periodista me inquirió si “esto de los festivales” no era una burbuja que un día u otro se desinflaría. Se trata de una pregunta que me plantean reiteradamente cada cierto tiempo. En Francia, para no ir más lejos, se celebran alrededor del doble de festivales, desde hace mucho más tiempo y nadie lo cuestiona. El mismo Lorenzo Silva respondió a esa misma cuestión con la acertada reflexión de que nadie se pregunta si hay demasiados bares. No hay mucho más que decir.

Hora de irse. En casa todo el mundo sigue durmiendo. Compruebo la mochila. Cartera. Llaves. Móvil. Camiseta del festival limpia y puesta. El planning del día en el bolsillo del vaquero. Tal y como salgo, recibo un whatsapp. Entorno la puerta despacio, no quiero despertar a nadie. Me detengo en el rellano y leo el mensaje. Se trata de la confirmación de un autor internacional de renombre para el año próximo. Contengo un grito de júbilo. Siento mariposas aletear con fuerza en el estómago. Sonrío. Y entonces me golpeo la frente.

Maldita sea, ya estamos otra vez.

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