Sudán

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Primera parte

Para llegar de Egipto a Sudán hay que cruzar en un astroso barco la presa de Asuán y el lago Nasser. Esta es la aventura.

MIQUEL SILVESTRE

Ayer salí de Egipto. A las siete y media de la mañana pasamos en el barco por delante de los templos de Abu Simbel. Fueron construidos en el siglo XIII a.C. por Ramses II. Estaban dedicados a los dioses Ra, Amón y Ptha, y también al propio faraón, considerado otra deidad. Cubiertos de arena, fueron olvidados hasta su redescubrimiento en 1813 por Jean Louis Burckhardt, el suizo que encontró Petra, la capital de los nabateos en la actual Jordania. Por desgracia, contó su descubrimiento el saqueador italiano Belzoni, quien encontró la entrada y arrampló con todo lo que de valor contenía el templo. No acabaron aquí las vicisitudes de Abu Simbel. El monumento se hizo célebre cuando fue trasladado piedra a piedra para evitar que quedara inundado por el lago Nasser al levantarse la presa de Asuán. Un traslado de solo 200 metros que costó 40 millones de dólares y duró de 1964 a 1968. Bajo el control de la UNESCO, la traslación fue un éxito y hoy el conjunto monumental es uno de los principales atractivos turísticos de Egipto.

Los veo a lo lejos mientras navegamos. La visión de su belleza brillando bajo el sol del amanecer es como un buen agüero. Lo celebro bebiéndome la última lata de cerveza. Después intento trabajar un rato en cabina hasta que a las doce llegamos al puerto de Wadi Halfa. El pasaje se alborota. Es hora de desembarcar. De nuevo el caos. Gente arrojando fardos desde la cubierta, gente gritando, gente saltando, gente aullando, gente saludando. La algarabía es total. En el puerto hay tanta gente como en el barco. Parece que todo el planeta está en la estrecha dársena. La aldea sudanesa vive de esta nao, único cordón umbilical con el exterior.

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Estoy excitado y nervioso. Sudán es un gran desconocido. Hasta hace poco era el país más grande de África con dos millones y medio de kilómetros cuadrados y más de 40 millones de habitantes. La reciente secesión de Sudán del Sur ha reducido estas cifras pero no la sensación de cruzar una frontera definitiva una vez desembarque del lamentable paquebote que une semanalmente la ciudad egipcia de Asuán con Wadi Halfa.

Sudán era el legendario reino de Nubia que ya aparece mencionado en la Biblia como Kush y del que existen referencias escritas desde el 3000 AC. Situado entre la primera y la sexta catarata del Nilo, su relación con Egipto fue siempre estrecha y a veces conflictiva. Los faraones conquistaron Nubia en diversos momentos aunque los nubios conquistaron Egipto bajo su 25º dinastía. Hubo varios faraones nubios, tropas de élite nubias al servicio de los egipcios y ya para el Reino Nuevo es difícil distinguir una cultura de la otra, indisolublemente mezcladas. Nubia, por cierto, era la principal fuente de oro para Egipto.

Nubia, como entidad política, desapareció en el 350 de nuestra era al ser invadido por un rey etíope que trajo además el cristianismo. Surgieron entonces tres pequeños reinos. Al norte, Nobatia, entre la primera y segunda catarata; al sur de la sexta, Alodia; en el medio, Makuria, con capital en Dongola, que a partir del siglo VII era el poder dominante en la región con fuerza suficiente para resistir al invasor árabe que conquistó Egipto. Tras la firma de un tratado, Makuria unida a Nobatia, mantuvo su independencia y religión hasta el siglo XIV. La islamización fue sin embargo imparable. Primero mediante los comerciantes y luego mediante los guerreros. Los mamelucos de Egipto invadieron la región y el decadente reino de Makuria desapareció tragado por la Historia y la arena sin apenas dejar más rastro que las despanzurradas ruinas de una iglesia de adobe que me prometo buscar.

Los mamelucos eran esclavos blancos de origen turco, circasiano o eslavo; islamizados y al servicio de los califas. Se redimían de su esclavitud por el servicio militar prestado en Oriente. Como clan cerrado, su poder fue en aumento hasta que llegó a superar el de sus jefes. En 1250 asesinaron en Egipto al último sultán descendiente de Saladino y fundaron una sultanato mameluco que posteriormente invadiría Sudán. Sin embargo, dedicados a la conspiración permanente, el poder se dividió en decenas de príncipes, cada uno apoyado por su clan.

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Napoleón importó a los mamelucos de su expedición a Egipto. En 1808 entraron en España con el resto de tropas francesas y un cuadro de Goya los ha inmortalizado para nuestro imaginario colectivo. Lo paradójico fue que esa incursión napoleónica fue el origen del final de los mamelucos. El Imperio Otomano consiguió repeler a los franceses gracias a su general Mehemet Alí, quien se las ingenió para hacerse con el poder en Egipto. En 1806 invitó a todos los príncipes mamelucos a una fiesta. Nunca salieron de ella.

Hoy aquí gobierna el general Omar al-Bashir. El conflicto de Darfour, el fundamentalismo gubernamental, las disputas territoriales con sus vecinos, el alojar a Bin Laden y otras actitudes semejantes han hecho de Sudán un apestado en la escena internacional.

DESEMBARCANDO

La aduana es un enorme caos. Ante mí veo una nave cochambrosa y alargada. Los viajeros esperan tras una barrera custodiada por policías negros vestidos de azul celeste. La barricada está fabricada con mesas de colegio. En un descuido de los policías, la muchedumbre salta por encima o pasa por debajo de las mesas. Es de nuevo la estampida. A ver semejante abordaje, yo hago lo mismo y corro hasta un mostrador donde más uniformados examinan los equipajes, o hacen como que examinan. El que me toca en suerte palpa ligeramente los bultos y les pone una pegatina. En la puerta, otros policías marcan con rotulador las pegatinas y tras este somero control salimos al caluroso y cegador exterior. Una hilera de antiguos land rover espera a los viajeros. El precio es fijo. Cinco libras sudanesas por llevarnos al Kilopatra Hotel. El mejor de Wadi Halfa. “Five star” asegura un cambista.

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Por la noche voy al centro del poblado con el resto de viajeros overlanders que hemos coincidido circunstancialmente en este inevitable cuello de botella sudanés ya que barco zarpa con frecuencia semanal: la familia alemana de la que ya me he hecho amigo a fuerza de roce, los dos ciclistas británicos que van a Ciudad del Cabo, otra pareja germana que va hacia el norte después de haber recorrido África. Juntos llegamos a la plaza, aunque lo de plaza es un decir, no es más que un descampado sin pavimentar en mitad de un rectángulo formado por las míseras edificaciones de adobe de aquí. Se le llama centro porque aquí es donde venden bebidas apenas frías y algunas conservas y salmueras. Hay también algunos hoteles de peor catadura aun que el nuestro; en el pequeño figón que elegimos para cenar vemos que en otra mesa hay una china que viaja sola, los dos japoneses que van también a Sudáfrica y otra pareja de frikis de origen indeterminado. Es una pequeña ONU. Pero estamos cómodos comiendo pollo, pescado o falafel y bebiendo té tras té. Lástima que no haya cerveza. Al menos, pienso, voy a desintoxicar un poco mi organismo.

LA AGONIA DE WADI HALFA

La moto sigue sin llegar tres días después. Wadi Halfa es un moridero. Puedo quedarme aquí para siempre acompañado del polvo y de una vida que pasa lenta. Mi rutina es siempre igual. Despierto pronto, al alba casi. Tomo café con agua fría. Salgo fuera de la habitación. Sorteo los lechos de los otros huéspedes desperdigados por los pasillos. Visito la insufrible letrina donde la ducha comparte espacio con el agujero de la placa turca. Salgo a correr antes de que el calor lo haga imposible. Regreso sudado tras una hora de pisar arena. Localizo algo de comer.

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Voy al puerto y compruebo que el barco de la moto tampoco ha llegado hoy. Culpa del viento, dicen. Espera otra jornada de lasitud. Este villorrio pasmado en la galbana no revive hasta el anochecer. Entonces se llena de gente la plaza principal. Al caer el sol, una animada multitud surge de no se sabe dónde y se sienta en sillas de plástico para ver la televisión. Hay decenas de monitores diseminados por el pueblo. Los habitantes de Wadi Halfa se quedan embobados delante de la pantalla admirando teleseries árabes, viejas películas de serie Z o partidos de fútbol. Sus rostros negros brillan con la luz de los televisores. Mientras se entretienen dan cuenta de una básica cena cuya composición depende de lo que haya disponible ese día en los asadores hechos con bidones metálicos cortados longitudinalmente y en los que arden unas débiles brasas.

El pueblo carece de saneamiento. Los hombres orinan en cuclillas sobre la arena, a la vista de cualquiera. Se levantan la galabiya por encima de las rodillas y listo. A las mujeres, que visten coloridas y delicadas túnicas que cubren cabello y rostro, no las vemos hacerlo, pero es seguro que usarán el mismo desierto que se extiende infinito en derredor. ¿Problemas sanitarios por comer con las manos? No hay de qué preocuparse. Hay agua del Nilo para lavarse. La población está bien surtida de bidones con grifos y jabones para asearse antes de comer. Un enjuague de manos, de boca, unas gárgaras y carraspeos y para terminar una buena sonada de narices con los dos dedos para expulsar cualquier mucosidad agarrada a las fosas nasales. Listos para rezar, comer o beber té con los amigos. Éste higiénico ritual se repite varias veces al día desde bien temprano y podemos deleitarnos con su música aún tumbados en la cama. De hecho, las abluciones de los huéspedes del Hotel Kilopatra nos sirven de despertador.

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Cuando terminamos el banquete, saludamos al gordo y simpático dueño del negocio, siempre vestido con una impoluta galabiya blanca y nos vamos caminando hasta el albergue levantando nubecillas de polvo a nuestro mortecino paso. Hala, un día consumido más, mañana será otro día exactamente igual a hoy. La moto no llegará porque el barco tiene misteriosos problemas mecánicos y volverán a decirnos que no me preocupe, que llegará mañana. ¿Hasta cuando durará este eterno sueño de la marmota? Imposible saberlo. No hay modo de romper el maleficio. Todo es una incógnita en Wadi Halfa, el lugar donde el horizonte terroso es infinito, donde la realidad vivida vuelve a comenzar donde terminó y donde la teoría de la relatividad con su elástico espacio / tiempo aquí cobra todo su sentido.

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